Gincana 2025
- Ernesto Diéguez Casal

- 29 dic 2025
- 5 Min. de lectura
¿Por qué no dejarse llevar y caer, en estas fechas queridísimas (guiño guiño), en uno de esos textos del corte “Lo mejor de…”? Que no sea costumbre, pero tampoco vergüenza.

El año 2025 ha sido un año prolífico en lecturas, incluso más de lo habitual, con abundantísimos aciertos, alguna que otra sorpresa, y ciertas decepciones, algunas relacionadas con las capacidades propias, en otras con las ajenas.
Empiezo una gincana por mi 2025 literario con un spoiler: no está Del Val.
Enero
Sin duda, el mes de La mala costumbre, de Alana S. Portero. Una de esas historias que son leídas con gusto y el corazón en un puño, que merecen ser contadas pero, más importante aún, NECESITAN ser contadas: autodescubrimiento, desgarro, ternura. Activismo literario.

Febrero
El ganador del mes es Dorayaki, de Durian Sukegawa. Una historia tierna, sencilla, bien escrita, sin pretensiones, emotiva. El paso de las estaciones en una pastelería; el paso del tiempo en las manos de una anciana.
También me leí Gente normal, de Sally Rooney, sin verle motivo alguno para el hype (tampoco me dijo gran cosa la serie).
Por cierto, Dorayaki ganó el mes, pero debo mencionar El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, una novela larguísima pero que engancha: la increíble historia de Trotsky y su asesino, Mercader. Y Cuba, claro.

Marzo
En mi aproximación a la literatura china (que ya viene de un par de años atrás), comencé en 2025 con los cuentos de Submarino en la noche, de Chen Chuncheng. A pesar de no ser muy fan de los libros de cuentos, de este conjunto se desprende un realismo mágico en plena pelea con una realidad anodina de la que solo se quiere escapar.

Abril
La solicitante, de Nazli Koca. Nadie que haya vivido en el extranjero (y mira que es fácil para nosotros, señoritos europeos) puede abstraerse de las trabas burocráticas, a menudo laberínticas y jeroglíficas, que se le plantean a la protagonista de esta historia, que habita entre dos mundos: la incomprensible Alemania, y una Turquía que de tan familiar es un lugar al que no se quiere volver. Se vuela sobre la historia.
Mención también para el gran ensayo de Diego Enrique Osorno, En la montaña. La serie crónicas de Anagrama sirve, entre otras cosas, para profundizar en momentos y fenómenos históricos, políticos, saltándose el titular o el tweet de doscientos y pico caracteres.
También me cuesta no mencionar, de pasada, el Hamnet de Maggie O’Farrell. Llego tardísimo, lo sé, a una historia tan alabada, pero es que la primera vez me entró mal y la dejé a las pocas páginas. Pero es buenísima.

Mayo
Otra de autores chinos: ¡Vivir!, de Yu Hua, un clásico ya en la literatura moderna china. Se trata de un drama total, aléjense los sensibles, no hay esperanza. También disfruté el segundo volumen de la trilogía de los tres cuerpos, El bosque oscuro, de Cixin Liu (para 2026 se quedará el tercer y último volumen).
Ah, abandoné a la mitad La vida y la muerte me están desgastando, del nobel Mo Yan, pero este es uno de los casos en donde la culpa es de un servidor. Sigue en mi mesita de noche, de ahí no lo quito.

Junio
Los anillos de Saturno, de WG Sebald. No sé qué tengo con Sebald, pero no solamente me resulta delicioso leerle, sino que me inspira otras lecturas y me inspira incluso a escribir.
En el polo contrario: La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa. Le cogí tanta manía al peruano (no por su literatura, precisamente), que dije que le leería una vez hubiera muerto, para que sus opiniones políticas no se me mezclaran con lo literario. Quizá lo comencé en un mal momento, pero lo cierto es que no le supe entrar y terminé dejándolo.

Julio
¡Mártir!, de Kayeh Akbar. Punto de patetismo, de arte, de dramas familiares, sobre todo mucha obsesión por la muerte. Pero también mucho humor y, además, es una historia bella, poética.
Un mes con otras dos decepciones nobelísticas: La pianista, de Elfriede Jelinek: setenta páginas sin lograr entrar en su ritmo ni en su historia, hasta el tedio; y Sin destino, de Imre Kertesz: yo es que ya no puedo con más historias del holocausto.

Agosto
Sin duda, Springfield, de Serguéi Davydov. Una novela que es como un disparo, homosexualidad en la Rusia de hoy, que ya casi me está fascinando tanto como la época final autodestructiva de la Unión Soviética.
Mención a Fin, de Karl Ove Knausgard: diez años más tarde, termino con su lucha (satisfactoriamente). No sé si él habrá terminado con la suya. A lo que parece, le va por rachas. Pero me apetece seguir leyéndole, ya en ficción pura.
Aquí, cuarta decepción nobelística del año: Desgracia, de J. M. Coetzee (yo es que no le veo el nobel por ninguna parte).

Septiembre
A pesar de lo que había disfrutado de El buda de los suburbios en su momento, El álbum negro, de Hanif Kureishi me pareció fallido, casi de nicho, muy postureo.
La mejor ficción del mes se la queda Más de un siglo se alarga el día, de Chinguiz Aitmatóv. Seiscientas y pico páginas de prosa simple pero bella, que se hacen cortas, y menudo mérito tiene eso. Una historia llena de durezas, estepa y camellos, vidas humanas a veces truncadas, con el telón de fondo de la exploración espacial, tan lejana.
En ensayo: Una calle sin nombre, de Kapka Kassabova. No puedo resistirme a las historias de decadencia, surrealismo y paranoia de las experiencias comunistas al otro lado del telón de acero.

Octubre
Podio de triunfadores (imposible elegir):
a) Prende fuego, de Jacqueline Crooks: ¡qué lenguaje! ¡menuda sensualidad!
b) Vida de Hannah Coulter, de Wendell Berry: sobriedad, pausa, tragedia, amor.
c) Lejos de Ghana, de Taiye Selasi: una familia entre dos mundos, unida por una muerte inexplicable: florida, tropical, intensa.
En mi gira de nóbeles fallidos (aunque este fue candidato varias veces, sin ganarlo): El precio de la amistad, de Kjell Askildsen (como quien toma una sopa sosa, aburrido hasta el bostezo).

Noviembre
Tierra de empusas, de Olga Tokcarzuk. Como siempre, única y degustable, uniendo épocas y movimientos y enfrentando personajes que adquieren un realismo casi tangible. Absorbente al punto que terminas entre ellos, como uno más.
Por contra, su sucesor en el nobel, en ese par de añitos tontos que tuvo la Academia, Peter Handke, me dejó que ni fu ni fa con su Carta breve para un largo adiós. Demasiado ombligo para mi gusto.

Diciembre (aún sin terminar)
Es el mes, sin duda alguna, de O país invisible, de Arturo Lezcano (también con versión en castellano): sobre las mil y una aristas de la diáspora gallega en América. Destinado a convertirse en libro de cabecera, entretenido y con constantes resonancias (especialmente para gallegos, pero no descartable para otros pueblos emigrantes). Libros así SON necesarios.

Para terminar con un guiño al 2026, libros en el horizonte:
- Atlas de sonidos remotos, de Víctor Terrazas.
- El vado de los zorros, de Anna Starobinets.
- El cielo de la selva, de Elaine Vilar Madruga.
- Lo que no es tuyo no es tuyo, de Helen Oyeyemi.
- Otoño, de Ali Smith.
Y la finalmente reeditada, después de años descatalogada: Gente independiente, del nobel islandés Halldor Laxnes.
Feliz Navidad,,,
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