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De artesanos a artistas. Japón se abre al mundo

Con la paulatina globalización la presencia de artistas japoneses en el panorama artístico mundial ha crecido enormemente, además encontramos artistas de otros orígenes que toman como referencia a la tradición nipona, ya que se trata de una cultura totalmente acorde con muchos de los paradigmas del arte contemporáneo más actual.



A nivel histórico Japón ha sido un caso excepcional, pues debido a la clara delimitación de su territorio y su complicada orografía parece tener inscrito en su espíritu una relación compleja con todo lo extranjero. Desde tiempos inmemoriales Japón ha llevado una y otra vez a cabo la misma estrategia, la cual se basa en una apertura temporal del país destinada a la interacción con otras culturas para posteriormente volverse a aislar completamente durante largos periodos de tiempo y así poder asimilar y aplicar los nuevos conocimientos obtenidos del mundo exterior. Esta peculiar actitud perpetrada durante siglos ha dado lugar a una cultura muy particular y que a pesar de los cambios que pueda sufrir debido al paso de los siglos ha mantenido unas bases claras y una relación con su entorno muy concretos.


Esta impresionante solidez cultural sufrirá una rápida y grave conmoción debido a la Revolución Meiji (1868), que supuso una apertura total de Japón al mundo por imposición gubernamental que tenía como intención adaptarse de forma acelerada a la economía y políticas internacionales. Prácticamente de un día para otro, el conocido como Japón feudal trató de adaptarse a los cambios tecnológicos, militares y culturales mundiales de cara a garantizar su pervivencia como nación y con la ambición de convertirse en una de las potencias crecientes del momento. Para ello, se eliminarán las estrictas políticas que controlaban el flujo de población extranjera al país, medidas en vigor sin apenas modificaciones desde 1614 con la expulsión de los jesuitas.


Este repentino y rápido cambio en toda la estructura del país conmociona a la población y durante los primeros años de transformación, la asimilación del arte extranjero será todo un reto. En primer lugar, el concepto: “arte” como tal no existía, allí la producción no había alcanzado una autonomía. El “arte” era simplemente parte de otros procesos, una especie de “artesanía” que formaba parte del modo de vida, tradiciones, espacios, objetos y rituales de la cultura nipona. La llegada de estos “artesanos” japoneses a Europa y el encuentro con las exposiciones de arte y los artistas europeos crea todo un impacto para ambas partes, es aquí cuando en Europa empezamos a encontrar obras con elementos de la tradición japonesa debido al interés exótico que despiertan sus “artesanías”. Mientras en occidente encontramos sobre todo objetos japoneses insertados en pinturas con características claramente europeas, los primeros, proclamados ya, artistas japoneses se interesan más por las técnicas occidentales más célebres (óleo, pastel, carboncillo…).


Pero la rapidez y el deseo de internacionalizarse y destacar como potencia moderna dará lugar a un grave descuido de su tradición, ya que en vez de asimilar las novedades internacionales y utilizarlas a través de sus propias particularidades o aportar nuevos elementos a la modernidad, el arte nipón de finales del siglo XIX se divide en dos posibilidades: el Yôga, estilo de corte totalmente europeo realizado por autores japoneses, y el Nihonga, corriente más nacionalista que trata de protejer la tradición y se cierra a las nuevas posibilidades. En estos primeros años destaca Takahashi Yûichi (1826 - 1894), uno de los iniciadores de la corriente Yôga, autor que se interesa por la técnica al óleo y que toma como inspiración el arte barroco y el romanticismo europeo. Posteriormente, encontramos a Kuroda Seiki (1866-1924) autor que a través de la corriente Yôga lleva a Japón las nuevas técnicas impresionistas, prácticas que difieren enormemente del uso simbólico del color y la predominancia de la línea propias de la pintura y el grabado japonés.


Kuroda Seiki, Maiko (1893). Óleo sobre lienzo.



Tetsugorō Yorozu (1885-1927) será un autor que a pesar de mantenerse dentro de la corriente del Yôga tendrá una nueva forma de llevar las tendencias occidentales a Japón. Este se embulle en las nuevas vanguardias más allá de lo estrictamente técnico, aplicando estas nuevas posibilidades a partir de su propia experiencia cultural, popularizando así la utilización de los nuevos recursos y objetivos de las vanguardias sin olvidar la herencia cultural, sintetizando y acabando poco a poco con la dicotomía entre cultura externa y propia. Aun así este proceso fue largo ya que la igualdad entre ambos elementos todavía estaba forjándose. El inicio de este cambio en parte se debe a un contexto en el que los viajes entre Occidente y Oriente se han normalizado y la relación entre artistas de un lado y de otro se ha consolidado, permitiendo así un enriquecedor diálogo entre ambas partes. Los autores anteriores tuvieron que asimilar cientos de años de una cultura totalmente ajena a ellos, ahora Japón ya formaba parte del ámbito internacional y el acelerado proceso de apertura ya había cesado. A pesar de iniciarse este interés por generar un arte moderno sin olvidar las particularidades culturales, al no haberse consolidado completamente esta intención, el arte japonés se mantendrá sin destacar en el panorama internacional, siendo muy interesante pero poco contemplado en la Historia del Arte. Existieron corrientes como Mavo iniciada por Tomoyoshi Murayama en 1923, esta se caracterizaba por una radical experimentación e interdisciplinaridad (performance, collage, teatro…), que toma como referencia el futurismo y se encuentra en claro diálogo con los autores de temática más crítica y polémica del expresionismo alemán, tales como George Grosz, todo ello sin dejar de lado su estética más tradicional y de cara a la denuncia de la situación política y social en su país.


Tetsugoro Yorozu, Autorretrato (1912). Óleo sobre lienzo.



Portada del número 3 de la revista Mavo (Septiembre de 1924), técnica mixta


Debido al contexto bélico internacional de los años 30 y 40, toda esta evolución artística se verá frenada y el nacionalismo fomentaŕa una vuelta a la tradición artística, se impondrán las temáticas propagandísticas y bélicas, siendo perseguido y censurado todo autor fuera de esta tendencia. Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y con el traumático bombardeo de Nagasaki (6 de agosto de 1945) e Hiroshima (9 de agosto de 1945), Estados Unidos se hace con la soberanía del país hasta 1951 y será a partir de este año cuando Japón inicia su reconstrucción identitaria y como nación. Esta identidad estará ahora marcada por los terribles sucesos de la guerra, siendo a partir de aquí cuando encontremos tendencias artísticas tales como el Gutai y el Butoh, corrientes resultantes de la pervivencia de una tradición, de la asimilación de nuevas tendencias internacionales, de las secuelas de la guerra y la pérdida de su identidad durante ese contexto, corrientes clave para la consolidación del arte japonés en el es que ámbito internacional. Con la paulatina globalización la presencia de artistas japoneses en el panorama artístico mundial ha crecido enormemente, además encontramos artistas de otros orígenes que toman como referencia a la tradición nipona, ya que se trata de una cultura totalmente acorde con muchos de los paradigmas del arte contemporáneo más actual, tales como la experimentación con la materia, interés por lo procesual, síntesis conceptual, relación con el entorno natural o la búsqueda del sentido estético en los espacios vacíos.

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