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Amor parietal. De Paula Noriega

No hemos cambiado tanto, tan lejos de la tribu y el fuego, todavía hay pan que compartir, todavía hay historias que contar en nuestras hogueras.



En 2019, Danusha Laméris escribió su poema Small Kindnesses y desde que lo leí no hay día que no piense en él, en especial los versos que dicen “tenemos tan poco el uno del otro ahora, [estamos] tan lejos de la tribu y el fuego”. Es esta frase, rememorando nuestros inicios, la que inspira todo un pensamiento relativo al amor y a nuestra historia. Nunca pensamos que existimos gracias al cuidado de hace miles de años, que estamos vivos porque hubo gente que se quería lo suficiente para acompañarse el uno al otro. Ya no vivimos en cuevas pero pintamos nuestras paredes, no hemos cambiado tanto.



Existimos como ser en comunidad, como algo que se sostiene no por sí mismo sino por nuestros seres queridos. Cuando le preguntaron a Margaret Mead cuál fue el primer signo de civilización humana la antropóloga no respondió con algún instrumento o invento, sino que dijo lo siguiente: un fémur roto y cicatrizado. Alguien hace mucho tiempo quería a otra persona para cuidarlo cuando se había roto un hueso, y ese cariño, ese cuidado es lo que nos define como especie. Somos hijos de individuos que jugaban, que creaban, que sentían y vivían. Nos gusta pensar que hemos evolucionado, que somos distintos a nuestros “yo” de hace mil años, pero el otro día en la calle vi el nombre de alguien en una pared, y cada vez que un niño llora su madre lo abraza, y si me rompo un hueso alguien va a venir a ayudarme.


Veo a mi madre jugar con mis primos pequeños y pienso en las madres de Lascaux, las que alzaban a sus hijos para poder dejar sus manos en lo alto de las cuevas. Me veo a mí misma y pienso en toda la gente que nació el mismo día que yo. Me gustaría estallar en mil pedazos y deshacerme en ecos, resonando a años luz en todas las direcciones, para poder visitar a cada persona que ha hecho posible que esté aquí.


Pienso en los ritos funerarios de la antigüedad. Pienso en comunidades enteras moviendo piedras para cubrir tumbas. Te quiero tanto que muevo la tierra por ti, tanto que quiero que estés bien incluso si estás muerto. Tanto que llevo piedras para proteger tus huesos, tanto que hago estatuillas para enterrarte acompañado. No hay palabras para describir este cariño. Creo que, al no darle nombre, conocían el amor mejor que nosotros.


Cuando tienes cuatro años pintas con los dedos, y sin saberlo hace milenios alguien te está viendo y sonríe. No hemos cambiado tanto, tan lejos de la tribu y el fuego, todavía hay pan que compartir, todavía hay historias que contar en nuestras hogueras. Entre ellas, la nuestra: no queremos olvidarnos, te quiero tanto que por ti miro al pasado.

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