Sólo poesía
- Ernesto Diéguez Casal

- hace 2 días
- 4 min de lectura
La poesía no me hace pensar en terminar y volver a empezar y terminar otra vez y empezar de nuevo. Un poema te obliga a pararte (o a olvidarlo, también), a repetir tu mirada sobre él, un poema te secuestra y no te deja ir. Un poema evoca recuerdos de otro tiempo o a otros libros o a otras películas, despierta emociones ocultas bajo la superficie de lo cotidiano, inspira.

En la zozobra digital acelerada poscapitalista en la que vivimos inmersos, ¿cómo parar?
Cómo detener esa sensación de que el tiempo se vuelve vertiginoso y se nos escapa entre los dedos; cómo parar la lista de tareas que no se terminan nunca, el advenimiento constante de noticias que anuncian el fin del mundo; cómo adecuar nuestro espíritu y el discurso mental que emana de él con todo lo anterior.
¿O es que hemos perdido la capacidad de parar?
Compro un libro, abro un libro, leo un libro, lo termino, lo dejo en la estantería; y vuelta a empezar. Empiezo una serie, veo sus capítulos, los termino, la olvido, la dejo en el historial; y vuelta a empezar. Adoración y servidumbre del consumismo y de la banalidad y del individualismo y la soledad.
Todo a 1x, luego a 1,5x, despúes a 2x. Así hasta que el corazón metafórico de nuestra alma inicia una arritmia fatal.
Se alza una lápida virtual, con una arroba, una almohadilla. Y ya estaría.
Pim. Pam. Pum.
¿De verdad que no se puede parar? ¿Ni un segundo?
Sirva el exabrupto para traer una idea que me venía rondando la cabeza en las últimas semanas: el potencial de la poesía como antídoto.
Soy un lector ocasional e inconstante de poesía. Generalmente, tardo en entrar en ella y carezco de las herramientas y la paciencia para desentrañar su complejidad. Tiendo, así, a la poesía de la experiencia, con imágenes comunes, cotidianas, en las que puedo reflejarme fácilmente (no confundir esto con simpleza, claro). Ahí estaría Karmelo Iribarren, por poner un ejemplo. En su día, disfruté con furor posadolescente del Aullido de Ginsberg, y recuerdo un viaje a Berlín aderezado con los largos “versos” de Walt Whitman, al que llegué a través del primero. El verso largo me tiene ganado de hace años, quizá por ello también me gustaba mucho el Manuel Vilas joven. No descarto la otra poesía, la que exige mucho más del lector: Louise Glück, Anne Carson, Lois Pereiro, etc. Leo muy de vez en cuando poemas sueltos de Bolaño o de Cartarescu, y me fascina cuando novelistas célebres declaran que les hubiera encantado ser (mejores) poetas.
En todo caso, la poesía vive arrinconada en mi biblioteca personal por muchos motivos, sobre todo, la mencionada falta de paciencia. Pero, de vez en cuando, aparece en el horizonte como la muralla de nubes de una borrasca que entra desde el Atlántico, y se instala durante unas semanas en mi vida. Al contrario que la narrativa, que uno lee a velocidad variable pero constante (ya sea la prosa más farragosa o más directa, más compleja o más simple), la poesía posee un ritmo propio que impone a quien se aventura en ella. Y he descubierto que este ritmo propio resulta profundamente anticapitalista (renuncien los defensores de la poesía fácil, poesía en tweets), y que atenta contra la aceleración insoportable en la que vivimos insertos.
Había pasado un tiempo sin que la poesía hiciera aparición en mi vida, y mientras veía una película, recordé otra (Paterson, de Jim Jarmusch), y recordé a William Carlos Williams, así que me hice con una antología bilíngüe, que vengo bebiéndome a sorbitos desde hace unos días. Al tiempo, recuperé también una selección de Nicanor Parra, que se cayó (literalmente) de la estantería en una reconfiguración de la biblioteca.
La poesía no me hace pensar en terminar y volver a empezar y terminar otra vez y empezar de nuevo. Un poema te obliga a pararte (o a olvidarlo, también), a repetir tu mirada sobre él, un poema te secuestra y no te deja ir. Un poema evoca recuerdos de otro tiempo o a otros libros o a otras películas, despierta emociones ocultas bajo la superficie de lo cotidiano, inspira. Atrae la atención como un muacín en la llamada al rezo, desplazándola de la esquizofrénica sucesión de estímulos de esa pantalla diabólica que llevamos siempre encima.
En resumen, la poesía nos obliga (ayuda) a parar. En una existencia histérica, la poesía incita al acto poético, que es memorable y a veces también pacífico, siempre emocional. Es antídoto, fármaco cortafuegos, trémulo y protector, contra la enfermedad del mundo ultraacelerado:

Flores en la ventana
lila y amarillo
alteradas por la cortinas blancas—
olor a limpieza—
Luz de final de la tarde—
En la bandeja de vidrio
un jarro de vidrio, el vaso
volteado para abajo, junto al cual
hay una llave — y el
blanco lecho inmaculado.
Poema n.º 14, Nantucket, William Carlos Williams
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