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Sobre La seducción de las palabras, de Alex Grijelmo

Sobre el significado profundo y oculto (inconsciente) de los vocablos, sobre el olor y sonido de las palabras, las mentiras de las metáforas malintencionadas, los cajones semánticos que son solo uno pero que de todo pueden llenarse, la edad de lo que se dice, las injustas acusaciones de las oraciones… Y tantos otros.



-Sócrates: Por fin, Gorgias, me parece que has mostrado tan de cerca como es posible qué arte piensas que es la retórica, y si te he comprendido bien, dices que es la obrera de la persuasión (…) ¿Podrías probarme, en efecto, que el poder de la retórica va más allá que de hacer nacer la persuasión en el alma de los oyentes?

-Gorgias: De ningún modo, y a mi modo de ver la has definido muy acertadamente, puesto que verdaderamente a esto solo se reduce”.


(Gorgias o de la retórica, Platón (2010); 213)



¿Qué tan peligroso es escuchar? ¿Qué tan provechoso puede ser hablar? Titula Álex Grijelmo su libro con el nombre de La seducción de las palabras consciente de que la respuesta a ambas preguntas con cierto conocimiento de las palabras y relativa facilidad puede ser “mucho”.


A lo largo de toda la obra, con una ingente cantidad de ejemplos, se intenta explicar los mecanismos lingüísticos de los que el sofista, moderno o no, puede valerse para la persuasión y triunfo de su discurso. Fundamentando sus ideas en la opinión de que lenguaje y pensamiento son hijos de una misma madre y, por tanto, hermanos, se hablará a lo largo de los capítulos de este libro sobre la capacidad que tienen las palabras de moldear la voluntad e ideas del oyente. “Las palabras son los embriones de las ideas. Según qué palabras utilicemos así formaremos nuestro pensamiento” (Grijelmo, 2000), escribe el mismo autor en la contraportada de su libro.


Así, uno por uno, irán dichos mecanismos exponiéndose a lo largo del libro, en cuyas páginas se escribe sobre el significado profundo y oculto (inconsciente) de los vocablos, sobre el olor y sonido de las palabras, las mentiras de las metáforas malintencionadas, los cajones semánticos que son solo uno pero que de todo pueden llenarse, la edad de lo que se dice, las injustas acusaciones de las oraciones… Y tantos otros.


Comienza la obra, por tanto, con la explicación de la relación habida entre lenguaje y pensamiento, entendidos como palabras y efecto de las mismas en el interior de cada uno. Después, tras haber dejado clara la idea desde un principio, acudirá el autor a esa convicción de manera incesante durante todo el libro para fundamentar la exposición del funcionamiento que tienen dichos “hechizos” lingüísticos de los que, según Grijelmo, uno puede valerse para penetrar y moldear, de acuerdo con las propias intenciones, el pensamiento –inconsciente la mayoría de las veces- de aquel que nos escucha. Será importante para esto tanto la forma de la palabra (su sonido u extensión, por ejemplo) como su fondo (significado, etimología, connotaciones…); así como crucial será también el funcionamiento de la propia lengua y las posibilidades que ofrece (sintaxis, entonación de lo dicho, contexto…). Y todo esto será lo que conforme, de manera amena, increíblemente detallada e incluso literaria en cierta medida, el grueso del libro.


Como expliqué en un principio, el autor fundamenta las explicaciones de todos los mecanismos, juegos y métodos que tiene la lengua para seducir en base a una convicción: el lenguaje conforma el pensamiento. Se entiende esto por afirmaciones como “Las palabras reflejan el pensamiento. No solo pensamos con palabras y nos sirven para articular nuestras razones, sino que el pensamiento se refleja en ellas” (2000; 182); o incluso mediante citas que el mismo Grijelmo toma (de Valle Inclán, en este caso): “el pensamiento toma su forma en las palabras como el agua en la vasija” (2000; 199). ¿Cómo podría seducirse si no existiera esta relación estrecha?


Puesto que me parece esta la base sin la que quedarían como meros castillos en el aire todas las breves –aunque muy numerosas y detalladas- explicaciones de los recursos retóricos para la seducción que este libro conforman, centraré mi reflexión en la misma: ¿Es el lenguaje el pensamiento? Pero también: ¿Qué lugar ocupa la realidad en cuanto a ello? Porque recordemos que esa seducción que logra el lenguaje tiene una repercusión empírica. La exposición de mis ideas, por la naturaleza de las preguntas que me hago, quedará muy cerca del ámbito filosófico, pero no quisiera que se malinterpretara como algo totalmente deslindado de lo puramente lingüístico: parto de la filosofía del lenguaje para alcanzar la comprensión de las cuestiones lingüísticas de las que habla el libro. No son ámbitos separados: Chomsky y Saussure, por ejemplo, son estudiados tanto en las aulas de Filosofía como en las de Filología. En ocasiones, una ciencia complementa a la otra; como pienso que es el caso.



Relación entre lenguaje, mundo y pensamiento


En un primer lugar, para la comprensión de esta cuestión, si vamos a hablar de lenguaje, pienso que debe identificarse la figura del sujeto parlante, aquel que habla (aquel que seducirá o será seducido). Partiendo de lo que somos, sujetos que hablan, animales parlantes, como explica Isidoro Reguera en una de sus introducciones a la obra de Wittgenstein , resulta más sencillo dibujar el plano en el que se sitúan los tres elementos que titulan esta sección del escrito. Así reconocemos que el lenguaje “parte” de uno, aquel que habla; el que, además, es el límite del mundo , la realidad. ¿Y qué es el mundo? No más que, como explicó Wittgenstein en su Tractatus, los hechos que ocurren . Por tanto, el mundo, donde situamos al sujeto parlante, es lo que ocurre; y lo que ocurre, los hechos, necesariamente tiene que organizarse de alguna manera, en algún plano: el plano lógico (Dice el Tractatus: “1.13- Los hechos en el espacio lógico son el mundo” y por eso “6.13- La lógica no es una teoría, sino una figura especular del mundo”).


¿Pero qué es el espacio lógico? ¿Qué es la lógica? ¿Dónde está? Podría decirse, al antiguo estilo griego, que la lógica es ese logos rector del universo. Pero, lejos de la metafísica, hablando de una realidad lingüística que, aunque con un aspecto formal, resulta empírica, no debe servirnos esa explicación. Escribiendo acerca de las palabras, hemos de explicar la lógica como aquello que se manifiesta en las proposiciones –la representación formal, sígnica, de los hechos-, compuestas por signos y organizadas sistemáticamente: el lenguaje, las “oraciones” en el mismo.


Y si “el pensamiento es la proposición con sentido”, la recreación (figuración) mental de cualquier hecho que exista, de algo del mundo -entendido en este sentido lógico porque, si no, la proposición sería absurda)-; y “la totalidad de las proposiciones es el lenguaje”, podría decirse que lenguaje y pensamiento son lo mismo.


Por tanto, tomando la teoría lingüística de Wittgenstein –a la que el mismo Grijelmo hace alusión de forma más o menos explícita en alguna ocasión -, relacionamos lenguaje (o pensamiento, que vuelve a ser lo mismo, tanto para Wittgenstein como para Grijelmo) y mundo afirmando que dichos elementos comparten una misma relación y estructura lógica, por lo que el mundo es traducible al lenguaje (pensamiento); es decir, es decible, y viceversa. Por ello, “daría igual decir que el lenguaje figura el mundo (en proposiciones), o que el mundo figura el lenguaje (en hechos)” (Isidoro Reguera, 2002; 76-77). Lenguaje y pensamiento, desde el sujeto (el tipo de sujeto del que aquí hablamos), conforman una misma amalgama lógica –y ontológica, por ende- con el mundo; de ahí la importancia y poder de las palabras con respecto a la persuasión e influencia en el modo de percibir la realidad y comportarse con respecto a ella.


Ludwig Wittgenstein ya afirmó en el Tractatus que “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”. Otros, como por ejemplo Juan C. Couceiro-Bueno, asimilando las teorías del austriaco y de algunos otros autores como Nietzsche, ya disertó sobre “la metaforicidad constituyente del mundo” en La carne hecha metáfora, y llegó a asegurar que “No hay acontecimientos al margen del lenguaje. Todo lo que podemos saber, conocer y crear es lingüístico”. Por su parte, Grijelmo, también plenamente consciente, a mi parecer, de todo esto, escribe en su libro que “la decisión que adoptamos al elegirla (la palabra) nos convierte en reyes despóticos de nuestro mundo (nuestra realidad)”; e incluso que, hablando de seducción amorosa y coincidiendo con aquello sobre lo que diserta Couceiro-Bueno -el que a su vez, como dije, se basa en teorías de Nietzsche; extraídas concretamente de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral-, “la metáfora se adueña entonces de la realidad imaginada: no la compara con el objeto, sino que la suma. No compara a alguien con un tesoro, sino que lo convierte en aquel cofre sumergido”.


Se puede estar o no de acuerdo con todo este discurso pero, salvando ciertos razonamientos y conclusiones más o menos radicales, parece que es indudable el hecho de que, sea de una manera u otra, lenguaje y mundo (y pensamiento) convergen o se superponen. Y entiendo que es eso mismo, y no otra cosa, lo que permite la seducción de la que habla el autor.



La posibilidad de seducción y sus consecuencias


Si no fuera cierto que lenguaje y mundo convergen, ¿cómo podríamos besar en el balcón a esa chica a la que solo le preguntamos si le apetecía subir a tomar una copa? ¿Cómo pudo ganar un político las elecciones si solo decía “libertad” y “democracia” desde un atril y lleno de sonrisas? ¿De qué manera iba a apagarse un incendio en el piso de arriba si la vecina, con el delantal puesto y la cocina ardiendo, solo gritó por la ventana “¡socorro!”? ¿Cómo iba a ganarse un niño un castigo solo por pronunciar cuando se enfadó ese tipo de palabras a las que una madre llama “palabrotas”? ¿Por qué iba a llorar alguien en el pasillo del colegio solo porque de la boca de otro salieran insultos?


La manera en la que usamos las palabras logran que nos enamoremos, que se produzcan cambios en un país, que salvemos la vida a la vecina, que nos quedemos esa tarde sin salir a jugar, que lloremos. Y solo porque no son solo palabras. Son nuestra manera de relacionarnos con lo real, ya sea en forma de metáforas, términos grandilocuentes, significados ocultos, ironías, segundas intenciones, canciones o incluso sinsentidos; y tantos otros recursos. La retórica, como explicaba ya Gorgias, persuade “a los jueces en los tribunales, a los senadores en el Senado, al pueblo en las asambleas (…)”; pero no solo eso, sino que también “pondrá a tus pies al médico y al maestro de gimnasia y se verá que el economista se habrá enriquecido no para él, sino para otro, para ti (…)” (Platón, Gorgias o de la retórica (2010); 213).


Pero esto, una vez más, se logra porque el lenguaje, al ser pensamiento, ya sea de manera inconsciente y mediante lo emocional, o consciente y mediante lo racional, puede moldearlo; y con ello la percepción de la realidad y la relación con la misma: Homero ve el mar del color del vino. Para esto, como explica Grijelmo, contamos con numerosos recursos a los que ya he hecho mención pero que no explicaré de manera detallada puesto que mi reflexión se basa, como he dicho, en qué es aquello que hace posible el funcionamiento de estos recursos y mecanismos.


Si el lenguaje no conformara el mundo y pensamiento de cada uno, ningún niño lloraría en el pasillo del colegio.


Tras lo expuesto y desarrollado, desde la concepción filosófico-lingüística de la relación existente entre lenguaje, pensamiento y mundo; y desde mi creencia en que sendos, si no son uno –que es por lo que prefiero decantarme-, conforman una especie de amalgama inseparable aunque heterogénea; concluyo con que todo aquello sobre lo que en este libro, La seducción de las palabras, habla Álex Grijelmo, se basa en la dicha.


Mi reflexión sobre aquello que, aunque sobreentendido, no está escrito, encuentra su justificación no solo en el marco teórico del que la tomo, sino también en todos y cada uno de los ejemplos que el autor expone. De ahí que, quizá de manera inconsciente, el autor, seducido por sus mismas palabras, las que hablan por sí mismas6 a espaldas del dominio que sobre ellas se trata de tener, nos deja intuir un “significado profundo” - utilizando sus mismas palabras- y ulterior, ese sobre el que yo reflexiono y cuya justificación con ejemplos es el mismo libro en su sentido lato, “superficial”:

Las palabras seducen porque afectan a nuestro mundo y pensamiento de una manera real.

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