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Errar

El tejido de una vida se construye con numerosas ficciones. Y los libros nos hablan, qué duda cabe, son una forma de comunicación (ya lo decía Cortázar, eso de que se comunicaba con sus lectores a través de los cuentos que escribía).


Los errantes, de Olga Tokarczuk. Editorial Anagrama


En mi anterior artículo, reconocía que mi intención original era hablar de Olga Tokarczuk y su Los errantes, pero que por el camino se me había cruzado Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel. Para un escritor que casi no escribe, me obligo a liberar a la inspiración para que tome el control. Pero aquí estoy, con Los errantes.


(nota: desde que he terminado esta obra preciosa de la premio Nobel polaca, he comprado otro ejemplar para enviarle a un amigo que vive en Islandia, así que durante un par de días, ambos ejemplares han convivido en mi sofá. Siempre me ha gustado regalar los libros que me encantan)


“En plena noche un bote atraca frente a su casa. Deben evacuar la zona, es una inundación. El agua alcanza ya el primer piso de los edificios. En la cocina se cuela por las juntas entre los azulejos y sale con cálidos chorritos de los enchufes. Los libros se han hinchado por la humedad. Abre uno y constata que las letras se corren como el maquillaje, dejando manchas en las páginas en blanco. Resulta que todo el mundo ha salido ya en el bote anterior; solo queda él.”

Hablar de ciertos libros supone un reto, ya que se escapan de lo convencional: trama difusa o inexistente (para bien), personajes oscilantes, aparente indefinición de principio y final… Arrancar mil palabras sobre este tipo de obras se vuelve trabajoso, pero muy útil para profundizar sobre lo leído.


A finales de 2018, en una librería del centro de Reykjavík, encontré una bella edición, portada azul, título y autora en blanco, de una obra que se llamaba Flights, y había ganado el Man Booker. Por alguna razón, quise llevármela a casa, así en inglés y todo. Pero me encontraba en plena mudanza de Islandia a España, y añadir otro libro más al tremendo volumen de equipaje no era negociable. Así que lo dejé allí.


Los años pasaron, así como los caminos y los viajes. Así nace la nostalgia, no nos engañemos.


“Un concepto importante de la psicología del viaje es el deseo, que es lo que confiere el movimiento y dirección al ser humano y despierta en él la aspiración a alcanzar algo. El deseo en sí mismo está vacío, ya que tan solo señala la dirección, no el objetivo, siempre difuso, fantasmagórico; cuanto más cercano, más enigmático. Por inalcanzable, incapaz de satisfacer el deseo. La preposición “hacia” es lo que mejor define este proceso. Hacia qué.”

Hace unas semanas, Los errantes llegó a mis manos en forma de regalo. Ya antes había leído Sobre los huesos de los muertos, pero aquel Flights (Los errantes) no se me había olvidado. Una obra a la que hay que entrar abandonando prejuicios y con una inocencia lectora virginal. Porque no existe un hilo argumental en Los errantes, a menos que consideremos argumento la existencia del viajero y del viaje; tampoco existe un personaje principal (aunque sí una suerte de voz narradora); y la estructura clásica de principio-nudo-desenlace brilla por su ausencia. Incluso resulta complicado categorizar el género de la obra: a medio camino entre novela, ensayo, libro de viajes.


Los errantes te fuerza al viaje, anulando al mismo tiempo la mera existencia del tiempo: en sus hojas, no existe.


“No se explicaba cómo era posible que los años hubiesen pasado por su vida campo a través, livianos y efímeros, sin dejar huella.”

“Vuelo Irkutsk-Moscú. El avión despega de Irkutsk a las ocho de la mañana y aterriza en Moscú a la misma hora: ocho de la mañana del mismo día. Coincide con la salida del sol, de manera que todo el vuelo transcurre al amanecer. Se permanece en un mismo momento, en un Ahora tan inmenso, quieto y vasto como Siberia.”


Armado con pequeñas historias de extensión autolimitada, concatenadas unas a otras, el lector se ve expuesto a la tormenta de narraciones, que le mueven como un velero en mitad del mar. No hay arnés en Los errantes, solo el soplido de la ficción. Así que no queda otra que seguir adelante y dejarse a las escenas turbadoras, a momentos extraños, a la profunda melancolía que, necesariamente, embadurna semejante viaje. Aunque, calma, Tokarczuk no nos abandona del todo en el itinerario planteado, nos acompaña dando luz con pequeños fragmentos más livianos donde reflexiona sobre el viaje y su naturaleza, y en los cuales el lector encontrará necesariamente alguna resonancia, como me pasó a mí con el fragmento de Los pezones de la tierra, en donde habla de un viaje en autoestop entre Reykjavík e Ísafjörður.


Entre las páginas también surgen misteriosos mapas antiguos, sin relación clara con las historias entre las cuales se encuentran, pero que también dan aire a una sucesión de historias que, sin caer en lo vanguardista, sin duda fuerza los límites de la ficción y del lector, con una prosa a veces pragmática, a veces bella, pero sin demasiadas pretensiones.


En alguna parte he leído que la autora concibió la obra como un mapa, aunque a mí se me parece más a una constelación, que toma sentido cuando se la contempla desde la distancia y en conjunto. No en vano, un mapa es una localización, y en Los errantes no se busca un lugar, sino la expresión de todos los lugares.


“En realidad no existe movimiento alguno. Como la tortuga de la paradoja de Zenón, no nos movemos en dirección alguna, apenas peregrinamos hacia el interior de un momento y no existe un final, ni un objetivo. Lo mismo podría aplicarse al espacio: ya que a todos nos separa la misma distancia del infinito, tampoco existen ningún “en alguna parte”: nadie permanece anclado en un solo día ni en un solo lugar.”

Profundamente reflexivo, Los errantes obliga a una lectura pausada, perseverante, al que quizá un lector demasiado acostumbrado a las lecturas lineales le cueste entrar, pero que merece mucho la pena por su atrevimiento, por la magia destilada de sus historias, por su homenaje al libro de cuentos sin serlo, a la novela sin ser novela, al viaje sin ser libro de viajes, al ensayo sin pretensión de sentar cátedra sobre nada.

Homenaje también al viajero, y no al turista de postal o Instagram.


“Pensó que nadie nos había enseñado a envejecer, que no sabíamos cómo era. Cuando somos jóvenes, nos parece que la enfermedad solo se ceba con otros. Nosotros, en cambio, por razones no del todo claras, permaneceríamos jóvenes. Tratamos a los viejos como si fueran ellos mismos culpables de su deterioro, como si alimentasen su dolencia como los diabéticos o arterioescleróticos. Y eso que sucumben a esa enfermedad, la vejez, los más inocentes. Y cuando ya se le cerraban los ojos, pensó algo más: que su espalda quedaba al descubierto. ¿Quién la abrazaría?”

No me cabe duda que Los errantes es, a la ficción, lo que el viajero al turista.

Cuánto merece la pena este viaje.

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