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Una mirada crítica a la teoría del signo

El signo lingüístico es una unidad lingüística que puede ser percibida por el ser humano mediante los sentidos y que permite representar completamente un evento comunicativo en sus propios términos. Es una construcción social que funciona dentro de un sistema lingüístico y que pone un "elemento" en lugar de otro.


Fotografía de Ferdinand de Saussure, uno de los principales teóricos del Signo Lingüístico.



García Molina, doctor en Filosofía del lenguaje por la Universidad Complutense de Madrid, como indica tempranamente desde el resumen y la introducción a su artículo, pretende con este realizar un recorrido por diferentes teorías del signo y, de forma sintética y general, analizar sus aspectos más fundamentales. En segunda instancia, tras el recorrido por dichas teorías, expone un modelo teórico propio sobre la idea del signo lingüístico. Y lo hace desde un razonamiento ecléctico: selecciona diferentes aspectos de cada teoría y los fusiona en un nuevo modelo diferente y renovador.


Las teorías expuestas en el artículo son las de Charles Pierce (1884), Ferdinand de Saussure (1906), Louis Hjmsley (1933) y la de Charles Morris (1938), sin contar la suya; ordenadas cronológicamente, además, por intentar hacer una especie de concatenación:

En primer lugar, García Molina presenta la teoría de Peirce como una propuesta que da como resultado una idea de signo basada en la relación de tres (quizá cuatro, según el enfoque, aunque esto no se muestre en la ilustración que usa) elementos principales: el “interpretante”, lo que correspondería, en términos estructuralistas, con el significado (lo que en el artículo no se aclara hasta más adelante); el “objeto”, la referencia real, mundana; y el representante, la imagen mental. El “representamen” (significante, en términos de Saussure) sería el resultado estas relaciones y supone, en definitiva, el signo para Peirce (“el representamen es algo que está para alguien en lugar de algo”).


De esta teoría, García Molina extraerá el concepto de “objeto”, de elemento material y mundano del que se conforma el representante y, seguidamente, el representamen (el significante en Saussure, como dije).


En segundo lugar, continúa exponiendo la teoría de Saussure comenzando por explicar (y, de nuevo, ilustrar) su clásico esquema del signo como la unión indisoluble del significante (la expresión o “imagen acústica”) y el significado (la idea o el concepto que encierra esa expresión). A esto, hartamente conocido, no se le dedica tanta atención como al hecho de que Saussure quiso dejar claro que, como el significado, el significante no es nada material o puramente sensorial, sino la representación psíquica de la expresión fonética (no añade la expresión escrita).


Esto es algo que se le critica a Saussure en este artículo porque no admite la posibilidad de que en el signo lingüístico exista una dualidad psíquica, por un lado, y material, por otro. No obstante, será este mismo aspecto, la naturaleza psíquica del significado y el significante, además de la existencia de estas dos categorías tal y como las entiende y define el estructuralismo, lo que García Molina extraiga de Saussure para su teoría.


Seguidamente, al hilo de este abandono del aspecto material de los componentes del signo, la teoría de Hjemslev se presenta, con la mayor simplicidad le es posible, como una reformulación (y ampliación) del concepto del signo estructuralista clásico. Como se expone, Hjmslev, distingue en el signo lingüístico la unión de un significado (en el plano del contenido) y de un significante (en el plano de la expresión); sin embargo, también distingue en ambos, a su vez, no solo forma (naturaleza psíquica), sino también sustancia.


La sustancia del significante es el material fónico, los sonidos y fonemas; su forma, las relaciones en base a las que se organizan (fonología). La sustancia del significado, por otra parte, es el campo semántico los diferentes significados dentro de un “cajón” específico (del cajón de lugar, “aquí”, “allí” o “acá”; según se presenta en uno de los pocos ejemplos del artículo); y su forma, la manera en que estos componentes del campo semántico se organizan (en este caso del lugar, según la lejanía o cercanía).


De esta forma, las teorías estructuralistas relativas al signo se complementan con la idea de que, al menos el significante, cuenta con una naturaleza sensorial y mundana de relevancia; y esto será con lo que, precisamente, se quede García Molina de este autor, además de con la subdivisión del significado y significante en forma y sustancia.


Por último, la teoría de Charles Morris se introduce como una serie de ideas sobre el proceso de semiosis en el que el signo es tan solo una parte. En dicho proceso destacará, además del signo, aquello a lo que el signo alude (objeto en Peirce), el efecto que produce en un intérprete determinado, y el intérprete mismo; y, todo en conjunto, el vehículo del signo o “designatum”.

Lo que extrae García Molina es el concepto del intérprete, el sujeto que considera al signo como tal; la parte que, según dice, es verdaderamente novedosa en Morris.

Así, finalmente, García Molina recoge los ingredientes que de cada autor se han señalado para proponer su idea ecléctica de signo lingüístico:


Por un lado, partirá de las ideas de Saussure (primero) y de las de Hjemslev (segundo), para estructurar su modelo de signo lingüístico como el de este último: el signo como dualidad indisoluble de significado y significante, subdivididos estos, a su vez, de manera dual: parte material y parte psíquica.


Para la parte material o sustancia del significante formula el concepto de “activadores sígnicos”, los que define como “información o segmento lexical que se necesita para activar la imagen mental”. Esta imagen mental (o imagen acústica) es la que, en el plano psíquico, permite que se cree una representación del vehículo sígnico que conformará el significante.

De forma complementaria, a la forma del significado otorga el lugar del significado mismo, el concepto o la idea que se expresa en el significante; y a la sustancia, el del objeto, la referencia real y mundana (con lo que introduce el concepto de Peirce).


Por otro lado, incluye la idea de agente semiótico de Morris, por el hecho de que coincide en que, para la existencia del signo se necesita de la actividad cognoscitiva de un sujeto,

En definitiva, no obstante, esta teoría del signo que, a priori, por sintetizar de forma coherente los argumentos esenciales de distintos autores de relevancia, se presenta como total, sin embargo, olvida un aspecto fundamental, una palabra que no es nombrada ni una sola vez en todo el artículo: la pragmática. Y no quiere decirse con esto que el modelo de signo propuesto no sea correcto sino que, quizá, está incompleto.


Deleuze y Guattari, a propósito de criticar el modelo de signo estructuralista, ya escribieron que “la pragmática es la política de la lengua” (1994, p.87). ¿Puede obviarse entonces la pragmática al teorizar sobre el signo lingüístico? ¿Si cambia el significado que se encierra en un signo puede decirse que el signo es el mismo? Si así es, ¿no debería especificarse al momento de definir el concepto de significado? Y si no, ¿qué le ocurre al signo cuando el contexto modifica su significado sin alterar su significante? Si el significado en un signo solo puede ser uno, ¿por qué cuando se identifica un significado no se identifica también el contexto en el que es posible?


Del mismo modo, también Ludwig Wittgenstein pensó que “el significado de una palabra es su uso en el lenguaje” (2009; § 43). Por tanto, puestos a fusionar y conjugar teorías, quizá fuera necesario completar la del autor del artículo con apuntes de las teorías pragmáticas porque si, como pensaba el austriaco, el lenguaje no son más que el conjunto de los distintos “juegos” de lenguaje y las palabras (o signos) las “piezas” en esos juegos, para entender los signos resulta esencial dilucidar las “normas” que los definen; de igual manera que entendemos qué es un caballo en el ajedrez no solo porque su significante sea /caballo/ y su significado el de CABALLO, sino porque sabemos que en su juego funciona moviéndose dos casillas hacia delante y una hacia un lado.


En conclusión, García Molina lanza verdaderamente una “mirada crítica a la teoría del signo”; sin embargo, parece que no lo suficiente, pues, al igual quePierce, Saussure, Hjmsley y Morris, olvida el verdadero giro renovador que la teoría del signo necesita para refrescarse del todo.





Bibliografía

Deleuze, Gilles; Guattari, Felix. Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia. Pre-textos (1994) Valencia (p.87)


Wittgenstein, L., Tractatus logico-philosophicus e Investigaciones filosóficas, Estudio introductorio de Isidoro Reguera. Gredos (2009).

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