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The Designer. The model. The Photographer. The revolutionary: Miguel Adrover

Adrover miró donde otras personas no se atrevían y lo hizo deseable. Diferentes cuerpos, diferentes mundos, diferentes ideas: “Lo que vemos como street wear, los homeboys, los raperos y el hip-hop… Yo lo puse todo eso en la pasarela de una manera en que no había sido representada antes”.



Nos enseñaron que la ropa sirve para cubrir el cuerpo, para ser “presentables”, para encajar. Pero si la ropa fuera solo eso - una capa funcional con la que salir a la calle - no existiría el lujo, ni las tendencias, ni el juicio silencioso que ocurre cada vez que alguien entra en una habitación y viste algo que no llevaría nadie más. La moda está atravesada por cadenas de producción, por geopolítica, por cuerpos explotados que nunca veremos. Cada prenda es un mapa: algodón, mano de obra, transporte, marca, deseo. La moda es también una herramienta de clasificación social. Lo que llamamos “tendencias” es muchas veces una forma de disciplinar nuestros cuerpos: qué se puede mostrar, qué se debe esconder, qué vidas son dignas de ser vistas. Vestirse no es solo una elección estética, es una negociación constante con estructuras de poder.



Elegir una camiseta u otra parece un gesto vacío, una rutina automática sin implicaciones reales. Tal vez porque aceptar lo contrario nos obligaría a asumir una responsabilidad constante: la de saber que cada mañana, frente al armario, estamos tomando una posición en el mundo. Es más fácil creer que la ropa es neutra, que no dice nada, que no nos compromete en absoluto, pero no es realista. Pero la neutralidad, en realidad, no existe. Lo que llamamos “básico”, “normal” o “natural” suele ser simplemente lo hegemónico, lo que el capitalismo y el poder quiere para nosotros. Vestirse es, en el fondo, una forma de narrarnos: decir quién soy, quién quiero ser, o incluso quién me están dejando ser.


Miguel Adrover entendió esto antes que muchos. Nacido en Calonge (Mallorca) en 1965, fuera de cualquier circuito elitista, su historia no empieza en una escuela de moda sino en la fricción con el mundo real: abandono escolar temprano, trabajo rural, el Londres punk en la adolescencia, y más tarde el nuevo rey de la moda en Nueva York.


Miguel Adrover en una pasarela
Miguel Adrover en una pasarela

Irrumpió en los 90 como una anomalía inesperada, su trabajo no era solo estético: resultó político, multicultural, y sobre todo incómodo. Adrover recicla prendas, interviene logos, cuestiona la autenticidad, habla de clase, de religión y de fronteras. No está solo diseñando ropa que cubrirá un maniquí y posteriormente una modelo: está señalando las costuras del sistema mismo en las que son producidas.


En 1991 llegó a Nueva York por primera vez y decidió quedarse, trabajando como conserje y viviendo en un pequeño sótano. Si algo ha caracterizado a la persona de Miguel Adrover es que, literalmente, nunca se le han caído los anillos. En 1995 nace su amistad con el sastre nativo americano Douglas Hobbs, con el que funda Horn en el East Village que se convertiría en un punto de encuentro entre artistas y jóvenes diseñadores, un lugar donde aquellos que no eran escuchados tenían también un lugar; entre ellos un joven Alexander McQueen.


“Teníamos muchos amigos en el Downtown que hacían ropa y no había ningún espacio en Nueva York que representara toda esa creatividad. En ese momento, yo ayudaba a Alexander McQueen en sus desfiles. Él me regalaba ropa y yo la vendía en la tienda. Era una forma de sobrevivir. Además hacíamos camisetas con mensajes políticos que vendíamos en Japón. Antes de que pasara lo mío, en Nueva York no se apoyaba a la gente joven. Nosotros abrimos las puertas a mucha gente. Fue una época dorada”.


En 1999, con unos pocos dólares en el bolsillo y el amor de sus amigos se lanza a diseñar su primera colección: Manaus-Chiapas NYC, en un teatro latino del Lower East Side. La colección reflejaba a una mujer real, migrante, expulsada de su entorno, que lucha por sobrevivir y abrirse paso en el mundo. La implicación de Adrover con las luchas sociales fue por supuesto patente desde el principio de su carrera. “Soy activista, yo busco la justicia social, sobre todo la relacionada con las tribus indígenas del Amazonas, de los nativos americanos.” Los medios y las críticas se hicieron eco; había nacido una nueva estrella, y una revolución, en Nueva York.



Con Midtown, en el año 2000, Adrover quería mostrar las diferentes clases sociales que se encontraban y entremezclaban en las calles de Nueva York; desde personas llenas de lujo a personas sin hogar. Su incipiente éxito atrajo a figuras relevantes de la moda como por ejemplo Anna Wintour, que era editora jefa de la edición estadounidense de Vogue. En esta colección deconstruye y reutiliza piezas de diseñador, por ejemplo, la famosa gabardina Burberry o el bolso Louis Vuitton que convirtió en una minifalda.



Reapropiarse de la ropa - por ejemplo, de lo que otros tiran a la basura, una costumbre muy de Adrover - es un gesto increíblemente político, en realidad. Tomar una prenda de una marca considerada de lujo, intervenirla, descontextualizarla, hacerla habitable por cuerpos comunes, es romper la lógica de acumulación simbólica. Es decir: esto también nos pertenece y lo vamos a coger. Asimismo, durante décadas la moda ha construido un ideal corporal excluyente: blanco, delgado, joven, normativo. Adrover se atrevió en medio de todo esto a introducir otros cuerpos - mujeres negras, cuerpos no normativos, identidades fuera del canon - no es una cuestión de diversidad superficial, sino de redistribución de visibilidad. Es disputar quién tiene derecho a ser deseado y a ocupar espacio.


Adrover miró donde otras personas no se atrevían y lo hizo deseable. Diferentes cuerpos, diferentes mundos, diferentes ideas. “Lo que vemos como street wear, los homeboys, los raperos y el hip-hop… Yo lo puse todo eso en la pasarela de una manera en que no había sido representada antes”.



El éxito de Midtown supuso para Adrover firmar con la inversora Pegasus ​​Apparel Group y comenzó a trabajar en sus siguientes colecciones, con mucha más infraestructura y presupuesto, se empezó a gestar Utopía. Esta colección estaría inspirada, por supuesto, en la multiculturalidad que se respira en Nueva York, pero sobre todo, en la cultura islámica; con trajes y telas tradicionales.


Su ascenso fue meteórico y su caída también. En cuestión de unos pocos años pasó de la legitimidad y el apoyo de las grandes referencias de la moda en Nueva York ha ser rechazado y apartado del panorama, en parte, por el miedo de la sociedad a las culturas que no conoce. La colección de Utopía coincide con el atentado del 11 de Septiembre - concretamente la colección ve la luz el 9 de Septiembre, dos días antes - en Estados Unidos y surge el rumor de la relación de Adrover con el terrorismo islamico; todo sustentado nada más que en prejuicios y miedos.




“La prensa me tachó de simpatizante del enemigo cuando yo sólo trataba de abrir la mente a otra cultura. Hay muchas banderas, pero a mucha gente le gustaría que no existiera ninguna, y yo lucho por eso. Nunca le he reprochado nada a Pegasus. Me dio la posibilidad de llegar a un nivel de calidad y construcción con el que siempre había soñado. Es cierto que tal vez querían que fuera más rápido de lo que me correspondía, pero lo que de verdad fue mala suerte fue que tiraran las torres. Ahí todo se fue al carajo”

La islamofobia no solo atravesó la política y los medios, también disciplinó el imaginario colectivo estético. De repente, ciertas telas, ciertos cuerpos, ciertas referencias culturales dejaron de ser aceptables. La moda, como siempre, reflejaba el miedo dominante. Tras estos incidentes Miguel Adrover se marchó a Egipto, a trabajar como taxista, y en 2004 volvería a Mallorca para fundar un bar donde trabajar mientras retomaba sus proyectos artísticos en la moda de la mano de la marca Hess Nature, una firma profundamente concienciada. En plena pasarela las modelos lanzaban billetes como crítica al capitalismo y al consumismo dentro de la industria de la moda.



“Cuando llegué no tenía ni un duro y la gente me daba por acabado, pero nunca me he sentido así. Montar el bar era una forma de integrarme aquí otra vez. Estuve en Nueva York y conseguí el oscar de la moda, luego volví a mi bar y lo hice todo, hasta limpiar el retrete. No se me caen los anillos. Hubo quien me decía: ‘Qué bajo has caído, ¿no? Antes en Nueva York y ahora aquí fregando’. Yo siempre les respondía que eso depende de dónde tengas el listón”.

Miguel Adrover posa ante la cámara
Miguel Adrover posa ante la cámara

¿Qué hace Miguel Adrover ahora? Vivir. En su casa familiar, en Mallorca, sigue creando piezas y sobre todo formando un muy interesante trabajo fotográfico al respecto. “Cuando yo volví aquí al pueblo [Mallorca] encontré la fotografía, que para mí ha sido lo que me ha salvado la vida e impidió que yo me volviese loco, aunque yo ando de la mano de la locura desde que era muy pequeño”. Cuidando su tierra, sus animales, y algo más grande que él; sus ideas y su filosofía.


“La tierra es mi único dios. Tengo la casa de mis papás en el pueblo, un edificio de 800 años en el que han vivido siete generaciones de mi familia. No necesito nada más”.

 

 

Crítica a:

“The Designer is Dead” (2026):“The Designer is Dead. Long Live the Designer”



The Designer Is Dead es un largometraje documental dirigido por Gonzalo Hergueta y producido por Little Spain cuyo título surge de una publicación que Miguel Adrover compartió hace siete u ocho años, cuando abrió su cuenta de Instagram tras descubrir una nueva forma de comunicarse. En aquel momento comenzó a afirmar que “The designer Miguel Adrover is dead”, como expresión de ese cambio en su manera de entender y transmitir su trabajo.


Según el equipo, fue el propio Adrover quien les propuso viajar hasta Cala d’Or, cerca de su residencia en Calonge, comprar una gorra en una tienda de souvenirs y bordar en ella la frase que da nombre a la película. Un gesto que funciona como toda una declaración de intenciones sobre su trayectoria, su obra y su relación con la sociedad.


 

El documental a través de material de archivo inédito, desfiles nunca vistos y testimonios de colaboradores retrata el ascenso, caída y renacimiento creativo de Miguel Adrover en su retiro a su tierra natal en Mallorca. Una aproximación que, más allá del retrato biográfico, dialoga directamente con las preocupaciones formales y temáticas de su director, Gonzalo Hergueta.


Gonzalo Hergueta es un creativo afincado en Nueva York cuya práctica se sitúa en la intersección entre el diseño, la tipografía y el lenguaje audiovisual. Con una trayectoria desarrollada entre agencias y estudios de la ciudad, ha trabajado tanto para grandes corporaciones como para clientes independientes. Su trabajo en diseño editorial incluye proyectos vinculados a la escena musical hispanohablante, como los álbumes Bodhiria de Judeline y Nuevos Trapos de Dano. Paralelamente, ha explorado el formato audiovisual a través de piezas como los visuales del álbum ISTMO (2019), así como los cortometrajes documentales Chromascope (2020) y Hidden Glances (2020), configurando un recorrido marcado por su interés en el diseño, la fotografía y la sociedad, lo cual desemboca ahora en su primer largometraje, The Designer Miguel Adrover Is Dead en el que lleva trabajando los últimos años y se estrena el viernes 10 de Abril.



La película articula su relato a partir de una doble estructura que alterna, por un lado, el seguimiento casi capitular de las pasarelas clave que Miguel Adrover presentó en Nueva York desde finales de los noventa -reconstruidas mediante material de archivo que el propio Miguel cede al director- junto a una voz en off sostenida por la artista y colaboradora Jennifer Hoffman, cuya narración acompaña y ordena la progresión tanto vital como creativa del diseñador. Por otra parte, este recorrido se ve interrumpido de manera intermitente por imágenes del presente de Adrover en Mallorca, introduciendo una dimensión más íntima que rompe con la linealidad del relato.


En este contraste se sitúa también la principal tensión formal del film. Frente a un bloque más reconocible dentro del documental tradicional -basado en archivo y voz en off-, emerge otro centrado en la vida actual del diseñador que resulta significativamente más sugestivo. Con partes rodadas en película Kodak y con una clara voluntad estética, estas secuencias -en sintonía con cierta sensibilidad visual asociada al grano y la textura de producciones recientes de Little Spain como La guitarra flamenca de Yerai Cortés (2024) de C. Tangana- despliegan un tratamiento conceptual y expresivo de la luz y el color, cargados de simbolismo. Es ahí donde la película encuentra su mayor singularidad: en la posibilidad de observar a Adrover en la intimidad de su proceso creativo, trabajando en su casa, reflexionando sobre su trayectoria y su entorno. Este acceso, inédito y cercano, no solo humaniza la figura del diseñador, sino que introduce una vía de renovación dentro del propio dispositivo documental.



 

A pesar de ello, el propio Adrover impuso ciertas líneas rojas, tanto en lo personal como en lo creativo, que condicionan el alcance del retrato. La película asume estas limitaciones con el objetivo de preservar un espacio de confianza para el artista y ajustarse a lo que él considera coherente con su trayectoria, pero esa misma contención se traduce en una cierta ambigüedad narrativa: hay aspectos que se sugieren más que se explicitan, zonas de su biografía y de su pensamiento que permanecen deliberadamente opacas y que pueden dificultar una comprensión más nítida de algunos pasajes.


En lo que respecta al bloque más convencional del documental, estructurado en torno a las distintas pasarelas, la película adopta un esquema reiterativo que, por momentos, puede resultar monótono. Sin embargo, lejos de ser una mera redundancia, cada uno de estos segmentos introduce matices y capas de información que contribuyen a perfilar con mayor precisión el relato del auge y la caída de Miguel Adrover. Es en esa acumulación progresiva y en su diálogo constante con las imágenes del presente donde el film termina de construir una narrativa que avanza, amplía y complejiza la figura del diseñador.


En su trasfondo, The Designer Is Dead articula una reflexión clara, encarnada en su protagonista, sobre la idea de avanzar sin certezas, de persistir en el gesto creativo sin la garantía de llegada ni de reconocimiento. Una máxima que atraviesa la trayectoria de Miguel Adrover desde sus inicios más precarios en Nueva York, cuando colgaba sus primeras piezas en una tubería de agua caliente que entraba en apartamento en el que vivía, en una etapa marcada por la falta de recursos, medios y economía pero por ende también por una pulsión creativa irreductible.


Esta idea encuentra su momento en uno de los momentos más íntimos del film, cuando Adrover, visiblemente emocionado, describe la vida como una autopista saturada de coches que avanzan hacia un mismo destino: la fama. A los lados, en las cunetas, quedan los restos de quienes no lo lograron. Frente a ese recorrido predefinido, él reivindica haber tomado un desvío, un camino incierto que se aleja de la lógica del éxito convencional y cuyo destino desconoce. En esa imagen, a medio camino entre la confesión y la poética vital, se cifra no solo su propia experiencia, sino también una invitación y un gesto político a que otros se atrevan a abandonar la ruta establecida.

 


Lejos de limitarse a indagar en las razones de su desaparición del foco mediático, The Designer Is Dead termina por articular una reflexión más amplia sobre los límites estructurales de la industria de la moda y las posibilidades -reales, aunque no exentas de renuncia- de una práctica verdaderamente independiente. En este sentido, la película no plantea tanto una reivindicación nostálgica del pasado como una relectura crítica del éxito. “Ellos se piensan que habían ganado, pero he ganado yo”, afirma Adrover en uno de los momentos clave del metraje. La frase, lejos de funcionar como un gesto de revancha, condensa una posición vital: la de quien redefine las reglas del juego al margen de los criterios de validación hegemónicos.


La decisión de retirarse a Mallorca no se presenta aquí como un repliegue derrotista ni como el gesto de quien se limita a lamerse las heridas tras el paso por la industria, sino como una elección consciente. Adrover no es un creador expulsado del sistema, sino alguien que, habiendo conocido sus mecanismos desde dentro, opta por situarse fuera de ellos. La película insiste en esta idea a través de la imagen de un retorno que no implica regresión, sino reconfiguración: la de un mallorquín que ha atravesado los circuitos internacionales de la moda, ha alcanzado reconocimiento global y, sin embargo, decide instalarse en un espacio periférico desde el que seguir produciendo sentido.


En este desplazamiento, la cultura mallorquina no aparece únicamente como un telón de fondo sino como un sustrato que atraviesa su obra de manera más profunda. Más allá de la apropiación de elementos del folclore o de los trajes tradicionales de pagesos, lo que emerge es una sensibilidad marcada por la convivencia de lo local y lo global, por una identidad atravesada por la multiculturalidad que define también la realidad contemporánea de las islas. Frente a las dinámicas homogeneizadoras de la industria, Adrover reivindica una apertura cultural que no pasa por la disolución de lo propio, sino por su puesta en diálogo.



Esta dimensión simbólica encuentra una de sus imágenes más sugerentes en la figura de su galgo, al que le falta una oreja. El animal, cuya raza está asociada habitualmente a circuitos de explotación y abandono, aparece aquí viviendo en calma, ajeno a la lógica de la competición. En esa presencia se condensa una metáfora transparente pero eficaz: la de un cuerpo que ha sido marcado, que ha perdido algo en el proceso pero que sigue funcionando, escuchando y habitando el mundo desde otro lugar. Como el propio Adrover, ese galgo encarna la posibilidad de seguir creando incluso después de haber sido atravesado -y en parte mutilado- por las dinámicas de una industria que exige velocidad, rendimiento y sacrificio constante.


En última instancia, The Designer Is Dead no ofrece una respuesta cerrada ni una fórmula replicable. Lo que plantea, más bien, es una pregunta incómoda: qué significa ganar cuando el éxito deja de medirse en términos de visibilidad, rentabilidad o reconocimiento. En el caso de Miguel Adrover, la película sugiere que esa victoria pasa por algo mucho más difícil de sostener: la coherencia con uno mismo, incluso cuando ello implica desaparecer del centro.


 


CRÉDITOS:

Citas de Miguel Adrover, extraídas del artículo “Adrover reclama su trono”, El País, por Eugenia de la Torriente (31/08/2008) y de la entrevista “Miguel Adrover: “Pasé casi 19 años en Nueva York, pero no puedo volver por miedo a que me detenga el ICE por mi activismo en torno a Palestina”” para Vanity Fair, por Por José Criales-Unzueta (30/03/2026)


Fotografía de la colección Miguel Adrover, primavera-verano 2002 Victor VIRGILE/Getty Images (desde Vanity Fair)

 

Fotogramas de “The Designer is Dead” de Gonzalo Hergueta / The Designer is Dead (desde Vanity Fair)

 

Fotogramas del making of de “The Designer is Dead” de Gonzalo Hergueta / The Designer is Dead (desde Vanity Fair)

 

Póster de “The Designer is Dead” diseñado por el estudio suizo Kasper-Florio

 

Foto de Miguel Adrover llevando la gorra de “The Designer Miguel Adrover is Dead” de Miguel Adrover (desde Vanity Fair)

 

Foto de Miguel Adrover en pasarela de Penske Media/Getty Images (desde Vogue)

 

Fotos de Miguel Adrover Spring 2001 Ready-to-wear desde (Nss Magazine)

 

Portada de la revista de moda "Gap Press Pret-A-Porter", volumen 27

 

Foto del desfile otoño/invierno 2012 de Miguel Adrover durante la Semana de la Moda de Nueva York. © Getty Images (desde Le petit archive)

 

Fotografía de la pasarela de la colección Manaus-Chiapas NYC desde Archive.nytimes

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