Querido público de filmoteca
- Adrián G. Ríos · Ángela Marcos Tato
- hace 8 horas
- 5 Min. de lectura
Ya nos conocemos desde hace tiempo. Coincidimos muchas veces en esa sala medio vacía un sábado cualquiera, viendo una película que nadie ha oído nombrar y que, sin embargo, alguien ha programado con la obstinación casi romántica de quien todavía cree que el cine es algo más que un algoritmo simpático al que, por cierto, tampoco le dan demasiado presupuesto. Hay algo que se repite en vosotros. No en todos, claro. Pero en suficientes como para que se note, y creemos que hay algunos temas de los que hablar.

Antes de que saquéis las antorchas y nos peguéis con vuestras totebags llenas de libros de Alejandra Pizarnik, que no cunda el pánico: esto no es una defensa del cine de autor. El cine de autor no necesita abogados, ya sobrevive bastante bien a pesar de la indiferencia. Esto es, más bien, una pequeña carta cariñosa a cualquier espectador contemporáneo que pisa una filmoteca. A los que entráis en la sala sin saber muy bien a qué habéis venido, pero con la firme convicción de que, pase lo que pase, la culpa del posible fracaso de la película no será vuestra. Ir a la filmoteca se ha convertido, para muchos, en una excursión antropológica. El fin no es tanto ver una película como exponerse a una experiencia que luego podréis contar, reseñar, empaquetar y subir.

Es muy común encontrarnos valoraciones dichas con una mezcla de orgullo y alivio, como quien ha sobrevivido a una prueba de resistencia en Educación Física nada más abandonar la sala. Porque claro, hay películas “difíciles”, y ante ellas siempre queda la opción de la distancia irónica: ni implicarse, ni entender, ni sentir demasiado. Convertirlo en meme, no vaya a ser que toque algo dentro de uno.
Hay varios síntomas de este distanciamiento que se toma para con el cine de autor, por ejemplo cuando nos encontramos con planos de larga duración - quizá demasiada para vosotros - en los que quizás no pasa nada evidente. Un personaje camina, o no camina. O simplemente está. Y entonces ocurre de repente el primer destello. Un móvil. Luego otro. Luego varios. Pequeñas luciérnagas de ansiedad iluminando la sala que, en teoría, habían venido a oscurecer para disfrutar mejor la experiencia cinematográfica. Decís que vais al cine a “desconectar”, pero no soportáis el vacío. No soportáis el tiempo muerto. No soportáis, en realidad, no ser constantemente estimulados estilo brainrot. Y cuando la película se niega a cumplir esa función - cuando decide, por un momento, no entretener sino existir, y con suerte hacernos pensar a todos un poquito-, tenéis la necesidad de intervenir. El cine de autor, con todos sus defectos que puede ser que no sean pocos, suele quitaros ese control. No se pliega, ni se explica, no recompensa de inmediato y esa, queridxs, es la gracia. A veces la recompensa llega después, en casa, cuando todo ese flujo de pensamiento empieza a tomar forma - si es que le dejáis, claro.
Parece que como sociedad y espectadores hemos asumido que una película debe ser comprendida para ser válida. Estamos muy mal acostumbrados por el cine más comercial, porque por supuesto, que si no la entendéis, se asume que el fallo está en la película y no en la forma en que vemos películas. Faltaría más. Pero hay películas - muchas, de hecho - que no funcionan así. No porque sean más inteligentes, o más profundas, o más nada, sino porque operan en otro registro. No piden ser entendidas de inmediato - quizá ni siquiera esperan que las entendamos nunca, para muestra el cine de Lynch del que tanto hablamos desde su fallecimiento hace un año -. Piden algo más incómodo y extraño en el momento que nos encontramos: que las habitéis, que las atraveséis como podáis. Y eso se os hace cuesta arriba. Transitar con la película implica aceptar que no todo será claro, que no todo tendrá sentido inmediato, que puede haber aburrimiento, confusión, incluso rechazo. Implica renunciar, aunque sea un rato, a la necesidad de juzgar. Pero es mucho más fácil y satisfactorio evaluar inmediatamente: me gusta o no me gusta, funciona o no funciona, la recomendaría o no la recomendaría. Muy útil para sobrevivir en plataformas y redes sociales. Bastante inútil para enfrentarse a una obra que no quiere ser consumida - o vivida, por salirnos un poco del circuito de la comercialización - eficientemente.
El problema no es que se dirija a un público que no puede entender cierto cine, es que muchas veces no quiere. Entender implica esfuerzo y tiempo. Y aceptar que no tenéis todas las herramientas, que quizá tendríais que adquirir algunas. Implica, en el fondo, acercarse desde una cierta humildad. Y eso no encaja demasiado bien con una cultura que ha convertido la opinión inmediata en una forma de existir, la cultura del FOMO, del miedo a no decir nada y que parezca que no estuve ahí.
Decir simplemente “no lo entiendo” podría ser el inicio de algo: una pregunta, una curiosidad, un acercamiento. Pero lo habéis convertido en un cierre. “No lo entiendo” ya no significa “voy a intentar entenderlo” significa “se acabó” y se pasa al próximo estreno en taquillas más consumible, más viral, más polémico - abandonamos esos títulos enrevesados porque si nadie lo entiende tampoco nadie habla de ello.
Obviamente no tienes que convertirte en un erudito. No hace falta que leas teoría cinematográfica, ni que memorices nombres impronunciables. Ahora bien, quizá sí podríamos probar unas pautas bastante básicas si nos vamos a enfrentar en grupo a una película - porque cada uno en su casa ya se tortura como quiere - para fijar unos mínimos.
Manual mínimo para no salir huyendo:
Aceptar que no todo está hecho para ti - ni para ahora mismo. Déjalo respirar.
Tolerar el aburrimiento. A veces no todo deben ser estímulos constantes, dejemos el tiktok fuera de la sala.
Sostener la atención incluso cuando no pasa “nada” (o nada de lo que estás acostumbrado a reconocer como “algo”).
Dejar de confundir lo que te gusta con lo que es buen cine. Hay más mundo por descubrir.

Tranquilos, por suerte no estamos obligados a nada. Nadie tiene que ver películas que no le interesan, ni esforzarse más de lo que le apetezca, ni convertir una experiencia estética en una especie de deber moral o intelectual. Podéis seguir mirando lo que queráis - o, incluso, no mirar en absoluto. Pero conviene entender una cosa: esa libertad también tiene efectos secundarios. La forma en que miras determina lo que eres capaz de ver. Y lo que no ves, con el tiempo, deja de existir para ti.
Puede que el cine de autor no esté en peligro. Siempre habrá alguien dispuesto a hacerlo, incluso si nadie aparece para verlo. El problema, si te interesa, va por otro lado: la creciente dificultad para enfrentarte a algo que no esté diseñado a tu medida. Y eso, por desgracia, ya no es solo un problema de cine. Es, de hecho, un síntoma muy común y conveniente para nuestra sociedad porque un espectador que no tiene que esforzarse para comprender - porque le hemos acostumbrado a tenerlo todo masticado - es un espectador que no va a cuestionar. Es mucho más fácil mantenerte ahí, consumiendo. Cuando en realidad hace tiempo eliges lo que justamente está preparado y pensado para qué lo elijas. Porque todo lo que no se ejercita - también nuestra forma de mirar - termina por atrofiarse.
Así que, querido público de las filmotecas, puedes seguir como hasta ahora. Reírte cuando la sala se queda en silencio. Mirar el móvil en cuanto la película no te sujeta de la mano. Salir a mitad de sesión. O decir, al terminar, que “no has entendido nada”, con una mezcla de resignación y alivio.
O puedes - solo como experimento - quedarte un poco más. A ver qué pasa.
.png)



Comentarios