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La torre de hielo: una oscura fábula a través de la rendija

La torre de Hielo sumerge al espectador en un entorno particular, inmersivo e incómodo [...] Si algún lector acepta embarcarse en este viaje, pasará por la mayoría de sus estaciones con el cuerpo pegado al asiento y los sentidos clavados en la pantalla, pero corre el riesgo de sentir que el final no es tan satisfactorio como uno se piensa a mitad de camino.



Hay determinadas películas que parecen verse favorecidas cuando se visualizan en determinadas condiciones. La Cosa (The Thing; Carpenter, 1982) o Los odiosos ocho (The Hateful Eight; Tarantino, 2015) son esas películas que mejoran cuya experiencia mejora al sentir en tu cuerpo el frío que invade a los personajes. Esto tiene que ver con la sensorialidad, pero más que con la sensorialidad del ambiente, con la sensorialidad que transmite la película. Esto no tiene que ver con la ambientación, cualquier película navideña se disfruta mejor en el calor del brasero en una tarde de diciembre; Olvídate de mí transcurre en su mayoría en estaciones frías, con varios metros de nieve en cada camino y un río helado, pero no transmite esta sensación gélida.


Son una categoría propia de películas que consiguen que, de alguna forma, todos sus elementos ataquen a la realidad, a las sensaciones que tú como espectador sientes físicamente en tu cuerpo. Tal vez esta sea la mayor virtud de La torre de Hielo (La tour de glace; Hadzihalilovic, 2025), la forma en la que su ambientación consigue sumergir al espectador en un entorno particular, inmersivo e incómodo.


Los platós, que en ningún momento buscan ser realistas –que no verosímiles con la propuesta— invaden primero para sustituir progresivamente las localizaciones naturales y/o naturalistas. Funcionan dentro de la ficción como espacios reales y como platós al mismo tiempo, siendo capaz de difuminar la realidad para personajes y espectador, activando mecanismos diferentes dependiendo de en qué parte de la pantalla te encuentres. La fábula se asoma por la rendija como cuando un niño espía el visionado de una película que —sabe— no debería ver.


Fotograma de La torre de Hielo (La tour de glace; Hadzihalilovic, 2025) Jeanne (Clara Pacini) mirando el cuento a través de la rendija.
Fotograma de La torre de Hielo (La tour de glace; Hadzihalilovic, 2025) Jeanne (Clara Pacini) mirando el cuento a través de la rendija.

Las interpretaciones son lo más destacable a pesar de la inclusión de Gaspar Noé. Es el dúo protagonista donde la película encuentra la verdad que le puede faltar a otros aspectos de la película. Clara Pacini contiene un mundo entero en cada una de sus miradas y es capaz de sostener a un personaje, con todas sus dudas y decisiones, únicamente en un plano detalle de sus labios sosteniendo una colilla. Marion Cotillard no se descuelga de la propuesta, mostrando el dolor de su personaje en cada uno de sus gestos, por nimio que sea, manteniendo siempre sus dos caras: la que muestra al resto y la que se reserva para sí. Su actuación revaloriza las proezas de Pacini, capaz de sostener el pulso a una profesional con tanta experiencia como talento. A su favor juega la puesta en cuadro, que parten de planos amplios y sobre-encuadres, con predominancia de líneas rectas en bloque y se deshacen conforme varía su relación.


Fotograma de La torre de Hielo (La tour de glace; Hadzihalilovic, 2025), con Marion Cotillard
Fotograma de La torre de Hielo (La tour de glace; Hadzihalilovic, 2025), con Marion Cotillard

Si bien la considero una película disfrutable, no lo es por su trama. Inicia caminos que apuntan a desarrollos profundos, pero que se truncan conforme se acerca a su desenlace. Hadzihalilovic perpetra una fábula inquietante en la cual el terror inicia en lo aparente (a nivel estético, fotográfico y sonoro), de la amenaza directa y aparente extrañeza, para mudarse al terreno psicológico conforme avanza una obra que atrapa e incomoda, pero que no resuelve. En lo personal, consigue mi interés al partir de un imaginario común de cuentos como Frozen. El reino de hielo (Frozen; Buck & Lee, 2013) o Narnia: El león, la bruja y el armario (The Chronicles of Narnia: The Lion, The Witch and the Wardrobe; Adamson, 2005) para adentrarse sin éxito en la aspereza del celuloide de Oculto en la memoria (The Blackout; Ferrara, 1997) o la obvia Mulholland Drive (Mulholland Dr.; Lynch, 2001), unido a ambientes densos y convalecientes de Estoy pensando en dejarlo (I'm Thinking of Ending Things; Kaufman, 2020).


Pero de nada sirve enumerar la suma de sus partes para reflejar el valor de la película. Durante el visionado se empatiza, pero no conmueve; se intelectualiza sin necesidad de comprensión, pero los sentimientos que evoca son limitados. Las lecturas que de ella se pueden hacer son predecibles desde un inicio y, a partir de los 70 minutos, se convierte en un camino empedrado de aciertos y errores. Nada de esto impide el disfrute de una película que dará de qué hablar con su llegada a plataformas.


Si algún lector acepta embarcarse en este viaje, pasará por la mayoría de sus estaciones con el cuerpo pegado al asiento y los sentidos clavados en la pantalla, pero corre el riesgo de sentir que el final no es tan satisfactorio como uno se piensa a mitad de camino. Se recomienda abrir las ventanas para asegurar la máxima inmersión, aprovechen que está en Filmin a partir del 20 de febrero:



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