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El cinéfilo insomne recomienda: «La Reina Cristina de Suecia», de Rouben Mamoulian

El cinéfilo insomne no ha dejado de devorar películas en la intimidad y nocturnidad de su hogar. Miguel Bravo Vadillo redescubre las grandes obras del séptimo arte con nosotros. Hoy, en este segundo capítulo, es el turno de la película La Reina Cristina de Suecia (Queen Christina, Rouben Mamoulian, 1933).



Estamos ante una obra de creación que es un milagro hecho cine, una película pensada para el lucimiento de la actriz más enigmática de la historia del séptimo arte. Y el máximo responsable de este prodigio se llama Rouben Mamoulian, un director a redescubrir y que bien merece un ciclo en cualquier filmoteca merecedora de tal nombre. Venido del mundo del teatro, Mamoulian fue un innovador técnico de la industria cinematográfica, a la que supo dotar de recursos propiamente teatrales para realzar la fuerza de los diálogos en el incipiente (y ya imparable) cine sonoro.

 

Solo él supo sacar tanto partido al misterioso atractivo de Greta Garbo, cuyo personaje de reina Cristina, con todo lo que conlleva de dramático, de romántico, de altivo, de firme y enérgico, le vino como anillo al dedo a su propio genio y figura. La Divina supo impregnar la pantalla con su serena y distante belleza, realzada por la conmovedora fotografía de William Daniels, quien sería para siempre su director de fotografía favorito. Y es que resulta imposible no sucumbir al hipnótico magnetismo de la mirada de esta fascinante mujer. Uno se queda extasiado ante el ligero arqueo de sus cejas, el temblor ensoñador de sus pestañas, la seriedad meditabunda de su entrecejo, su mentón mayestático, su nariz distinguida, la altivez de su frente despejada, la circunspección de sus finos labios delicadamente perfilados, la profundidad sabia pero sentimental de sus ojos… Su estampa andrógina, su peinado de corte decididamente masculino a la vez que espiritual, su presencia ágil y desenvuelta, contribuyen a realzar la elegancia de su cabeza egregia, la prestancia de su rostro etéreo…

 


Cada fotograma de esta obra maestra emociona por su perfección. Pero también su guion es incisivo y brillante, sus diálogos concisos e inteligentes (algunos francamente sublimes, de una gracia y frescura difíciles de igualar). En cuanto a sus escenas más memorables, cabe destacar aquella en que Cristina recorre con una delicadeza avasalladora cada objeto y rincón de la alcoba en que se ha entregado al hombre que ama, con el fin de memorizar hasta el último detalle de una estancia a la que volverá en sus recuerdos futuros; también, cómo no, esa secuencia final en la que un lento trávelin acaba en un fascinante primer plano de la mítica actriz, cuya mirada se pierde en el horizonte, como una metáfora de la incertidumbre ante el futuro y de la soledad con la que deberá afrontarlo. Aquí confluye el destino incierto de la llamada Minerva del Norte con el destino de todos aquellos que se aventuran hacia un nuevo reto en sus vidas, hacia una ruptura drástica con todo su pasado para emprender un viaje al encuentro de sí mismos. Sobre esta última secuencia quedan perfectos los versos de Cernuda que me tomo la libertad de transcribir:

«No eches de menos un destino más fácil, / Tus pies sobre la tierra antes no hollada, / Tus ojos frente a lo antes nunca visto».



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