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"Mr. Nobody". Elige tu aventura y no gastes vidas tontamente

El peso de nuestras decisiones y la reflexión sobre si verdaderamente existe la libertad de elegir, mientras se incide en el desenlace final de todo ser, independientemente de los caminos que haya elegido.


Fotograma de Mr. Nobody, de Jaco Van Dormael, 2010



Nunca voy a olvidar la manera en la que me recomendaron la película de Las posibles vidas de Mr. Nobody: “Dani, esta película seguro que te va a encantar, porque es de pensar”. No se me ocurre una manera más simplificada y clara de recoger la esencia de la película, que sin duda requiere de un ejercicio que no termina tras las dos horas y pico de visualización. Pero en este caso “pensar” no adquiere el sentido de tratar de entender la cinta, como por ejemplo en muchas de las que llevan la firma del siempre ambicioso (para bien y para mal) Christopher Nolan, en las cuales el espectador debe construir un puzzle mental para que una vez terminada quede con una sensación de satisfacción y provecho. Esa satisfacción se ve además enardecida en las películas del mencionado director debido a que, al ser complejas en superficie, el haberlas entendido genera en el espectador una sensación de orgullo intelectual que puede traducirse en un exceso de pedantería durante los días siguientes, especialmente al tratar de explicar la película a quienes aún no la han visto o no han podido entenderla. Ese tipo de espectadores fríos y analíticos tengo por seguro que no disfrutarían en absoluto de Mr. Nobody. Y es que en Mr. Nobody (que no lleva la firma de Nolan sino del menos reconocido Jaco Van Dormael), “pensar” adquiere un claro matiz de reflexión e introspección, puesto que se trata de una película con una carga filosófica tan grande que sobrepasa al propio argumento.


Las webs sobre crítica cinematográfica hablan de Mr. Nobody (utilizaré el título en inglés por simple economía) como existencialista, en la que como apunta Jorge González en su artículo El existencialismo de Mr. Nobody, es una película en la que se trata de manera clara pero también simbólica la dualidad de temas existencialistas por naturaleza: la vida y la muerte. A esa dualidad se le añade también el inseparable tercer eslabón de la cadena existencialista, el paso del tiempo,siempre preocupando al ser humano. Y quizás el tema que hace más especial a la película por la manera en la que desarrolla, estando un escalón por encima de los anteriormente mencionados, es el de la elección. El peso de nuestras decisiones es el tema central de la película, y la reflexión sobre si verdaderamente existe la libertad de elegir, mientras se incide en el desenlace final de todo ser independientemente de los caminos que haya elegido.


Tal y como expreso cada vez que escribo sobre una película o una obra concreta, mi máxima es la de no hacer ningún tipo de spoiler, pues la meta de estos artículos es la de crear una base de ilusión sobre la obra invitando al lector a disfrutar de ella. Pero esta película se presenta de la misma manera en la que García Márquez presenta a Santiago Nassar en Crónica de una muerte anunciada, por el final. Nos encontramos con un decrépito Nemo Nobody (no hace falta ni mencionar la simbología de nombre y apellido) que ostenta la sorprendente cifra de 118 años, en una sociedad futurista en la que él es la única persona que decide envejecer de forma natural en lugar de elegir la cuasiinmortalidad, desarrollada a través de la constante renovación celular (aunque no queda claro si ese privilegio de no envejecer es a través de un sistema postcapitalista como en In Time).


Así pues en sus últimos días de vida, Nemo Nobody se convierte en el hombre del momento, despertándose una gran curiosidad acerca de su vida. Debido a este interés, es sometido a una terapia de hipnosis para recordar episodios de su pasado mientras un reportero entusiasta le realiza una entrevista acerca de esos episodios. A partir de aquí, las historias que cuenta se vuelven totalmente contradictorias entre sí, como si estuviera contando vidas de personas diferentes, tal y como si en algún momento de su pasado su vida se hubiera bifurcado (o trifurcado). Pero en cierto momento todas esas vidas le conducen al momento actual, el Nemo Nobody de 118 años al borde del abismo final. ¿Final? Bueno, esas son cuestiones físicoespaciales de la película que si bien es verdad que son muy interesantes, como la teoría del Big Crunch, no quisiera desarrollar aquí por tema de extensión y falta de conocimiento en la materia.


La síntesis entre lo filosófico y lo físico se halla principalmente en el tema de la importancia de las decisiones y elecciones, nombrado anteriormente. A través de la teoría del efecto mariposa la película nos expresa cómo cada decisión que toma un joven Nemo Nobody influye de manera crucial en la conformación de sus posibles vidas, expresadas de manera brillante a través de la metáfora del tren, en el que cada bifurcación de la vía constituye un camino diferente hacia una vida diferente. Y es que aspectos tan importantes como elegir entre un padre y una madre (en lugares completamente diferentes) para compartir la infancia es algo que por supuesto que condiciona en la conformación de una posible vida, siendo una decisión demasiado grande para un niño, una bifurcación de la vía del tren que conlleva dos ramales muy anchos.


Y cómo no va a ser importante la decisión en el amor, en el sentimiento más puro del ser humano, en el decidir a quién te vas a dedicar en cuerpo y alma. Sí, a priori esta es una decisión movida por la irracionalidad del corazón, que enmudece al cerebro completamente. Pero nadie puede negar que en temas amorosos una de las principales incertidumbres que sobrevuelan a ese cerebro, ahora en sincronía con el corazón, como si de un ave de rapiña se tratase, es la de “qué hubiera pasado si…”. Pues Nemo Nobody nos cuenta qué hubiera pasado sí, ¿o quizás pasase de verdad? No sé, no me corresponde a mí responder a eso pues forma parte de la lectura personal de la película. Son tres chicas, tres colores, con toda la simbología que conllevan esos tres colores. El azul de Elise, traduzcamos este color al inglés para que tenga ese sentido que no tiene de una forma tan marcada en español, por mucho que Roberto Carlos se empeñara en explicarnos que el gato estaba “triste y azul”. Por su parte a Jean la representa el color amarillo, que oscila entre la cálida analogía de la ostentosidad del dorado y la fría indiferencia del amarillo pálido (y quiero de verdad pensar que no hay ningún tipo de cuestión racial en la elección de este color). Así pues, la posible vida con Jean lo es todo y no es nada, eliminamos parnasianismos superficiales y la nada del fondo sobresale al todo de la superficie, el amarillo pálido es más poderoso que el ostentoso dorado. Sin embargo, con Anna todo es rojo. El rojo es el color en el que la calidez y la pasión confluyen y bailan pegadas mientras se agarran fuertemente de la mano, el rojo es el color de la inexplicable atracción. Eso es Anna para Nemo y Nemo para Anna, dos posibles vidas unidas por un hilo (rojo, por qué no) entre otras muchas posibles vidas.


Pero al fin y al cabo el precioso argumento de la película no pretende dejar nada por sentado, es más bien una invitación para que el espectador, conmovido por la belleza de la cinta, reflexione acerca de las cuestiones de las que se han hablado en este artículo: vida, muerte, libertad, elección. Son todas ellas ideas enormes e inabarcables, que se encuentran abrazadas por una idea aún más grande si cabe en la mente de aquellas personas que detienen su devenir para reflexionar: el destino, su existencia o no existencia. Esas ideas anteriores nos llevan a cuestionarnos un posible destino.


De tal modo, creo que esta película tiene la capacidad de combinar esas ideas filosóficas existencialistas, pero incidiendo de una manera brillante en el sujeto del existencialismo, la persona, pues además de conjuntos de ideas somos revoltijos de sentimientos. Actuamos con mente y corazón, y eso es lo que propone Las posibles vidas de Mr. Nobody, pensar y sentir, o sentir y pensar, el orden ya depende de la preferencia del espectador.



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