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El cinéfilo insomne recomienda: «Luces de la ciudad», de Charles Chaplin

Te damos la bienvenida al primer capítulo de la serie de recomendaciones mensuales de cine clásico de la mano de nuestro cinéfilo insomne, devorador de películas en la intimidad y nocturnidad de su hogar: Miguel Bravo Vadillo. Redescubre las grandes obras del séptimo arte con nosotros. Hoy es el turno de Luces de la ciudad (City Lights, Charles Chaplin, 1931).




Esta película —escrita, dirigida e interpretada por Charles Chaplin— es una obra maestra indiscutible del séptimo arte. Aunque se presentó como «una comedia romántica en pantomima» y se estrenó en plena efervescencia del cine sonoro, la cinta tuvo un éxito apoteósico. Para muchos no es solo la mejor película del cine mudo, sino la mejor película romántica de la historia del cine. Con ella, uno de los mayores y más influyentes genios de la humanidad crea una obra tan divertida como conmovedora e inolvidable.


Un pobre vagabundo (Charles Chaplin) se enamora de una hermosa florista ciega (Virginia Cherrill, la primera esposa de Cary Grant), que lo confunde con un millonario, y a partir de ese momento hará todo lo posible por conseguir el dinero suficiente para costear una operación que le devuelva la vista. Gracias a esas mágicas casualidades que a veces se dan en la vida, nuestro amigo salva de morir ahogado a un rico viudo que intentaba suicidarse lanzándose a un río; y este, profundamente agradecido, le promete amistad eterna. Sin embargo, el voluble millonario solo se siente generoso cuando está ebrio, olvidando sus fervientes promesas en los momentos de sobriedad: lo cual dará lugar a múltiples equívocos.


En la medida en que la obra de Charles Chaplin ha aportado belleza al mundo, lo ha hecho más soportable para millones de personas de todas las edades y generaciones a lo largo y ancho del planeta. Ver las mejores películas de este artista supremo conforma una de las experiencias más gratificantes de la existencia humana y, por tanto, una de las razones por las que vale la pena vivir en estos tiempos que algunos irreflexivos tanto desprecian. Ignoro si la vida en este planeta será mejor en siglos venideros, pero el defecto más grave que yo veo a los siglos anteriores al veinte es que no tenían cine. Tanto es así que, para mí, no hay paraíso sin cine. Más que resucitar en serrallos o vergeles, prefiero hacerlo en una sala de cine en sesión continua y para toda la eternidad. Pero lo primero que quiero ver, si tras mi muerte debo abrir los ojos, es el rostro inefablemente lírico y sabio de Charlot. Verlo, además, como si lo viera por primera vez, tal y como le ocurre a nuestra florista en ese final maravilloso, cuando, después de recuperar la vista, comprende quién es el vagabundo y dice, embargada por la emoción y como si hubiese abierto los ojos a la realidad misma, una de esas magistrales frases no pronunciadas del cine mudo: «Ahora ya puedo ver». A lo que el genial cómico solo puede contestar con una tímida e inmortal sonrisa.


Plagada de escenas magistrales, me tomo la libertad de señalar una que, a pesar de su incuestionable brillantez, Chaplin se vio obligado a eliminar de la copia final por una cuestión de equilibrio narrativo. Afortunadamente, no se perdió y podemos disfrutarla aquí:



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