El cine está para comérselo
- Cristina V. Puerto

- hace 3 días
- 9 Min. de lectura
Aprovechando que San Valentín está a la vuelta de la esquina, saboreemos algunas de las películas románticas más significativas del cine de finales del siglo pasado: te proponemos cuatro recetas para que las degustes durante el visionado de cada una de las cintas. Ahora en Habla de Arte, te demostramos que la gastronomía es una manifestación artística más.

Jamón, Jamón
Esta película estrenada en 1992, buscaba retratar de manera irónica y pasional la esencia hispánica durante un año de gran exposición internacional para nuestro país (Expo de Sevilla y JJOO de Barcelona). El hilo conductor es simple, una historia de amor, y deseo mezclado con celos y traiciones, ¿A quién no le va a gustar?
En este contexto, la comida en la cinta deja de ser un fondo decorativo para convertirse en un lenguaje central. Comer, amar y desear parecen responder a una misma lógica: la del apetito. El propio título funciona como una declaración de principios. El jamón, alimento emblemático de la cultura española, aparece cargado de significados que van mucho más allá de lo gastronómico: virilidad, exceso, poder económico, masculinidad afirmada a través del cuerpo. Raúl, el torero en ciernes, encarna de forma casi caricaturesca esta masculinidad; su manera de amar no conoce matices ni contención, es directa, posesiva y profundamente corporal. Silvia, en cambio, ocupa un lugar más incómodo: su cuerpo es constantemente mirado, deseado y disputado, convirtiéndose, al igual que los alimentos, en un objeto de consumo simbólico. La comida funciona además como un marcador claro de clase y poder: Conchita, la madre, utiliza la abundancia como signo de estatus, mientras que en los espacios rurales la comida es más simple.
Bigas Luna construye así un paralelismo constante entre hambre y deseo, recordándonos que muchas veces, amar y desear no están tan lejos de tener hambre.
No quería dejar pasar por alto la escena del duelo a jamonazos, que tiene una clara inspiración en nuestro querido Goya y su obra “Duelo a garrotazos”, una manera espectacular de terminar de caricaturizar un duelo por la virilidad y el ego del buen español de pura raza.
No se me ocurre una receta más española que la tortilla de patatas, si, las croquetas y el cocido son muy españolas también, pero hoy no es el día y como esto lo redacto yo, os dejo la receta de una tortilla de patatas con un toque diferente, el dulce del amor y la cebolla caramelizada y la virilidad del jamón.
Tortilla de patatas con cebolla caramelizada y jamón
Para 4 personas (o para dos con mucha hambre)
Ingredientes
● 5 patatas medianas
● 1 cebolla grande
● 80–100 g de jamón (ibérico si quieres subir de nivel)
● 5–6 huevos camperos
● Aceite de oliva virgen extra
● Sal
● Una pizca de azúcar (opcional, para la cebolla)
Elaboración
Empieza pelando las patatas y córtalas en láminas finas, sin obsesionarte con la perfección: la tortilla agradece lo artesanal. Ponlas a pochar en una sartén amplia con abundante aceite de oliva y una pizca de sal, a fuego medio-bajo. No deben freírse, sino confitarse lentamente hasta quedar tiernas y sedosas.
Mientras tanto, corta la cebolla en juliana fina. En otra sartén, sofríela con un chorrito de aceite y una pizca de sal a fuego muy suave. Aquí no hay prisas: deja que la cebolla sude, se vuelva transparente y, poco a poco, empiece a dorarse. Si quieres potenciar el toque caramelizado, añade una pizca mínima de azúcar y deja que haga su magia. El resultado debe ser dulce, casi meloso.
Cuando las patatas estén listas, escúrrelas bien y colócalas en un bol grande. Añade la cebolla caramelizada y el jamón cortado en taquitos o tiras finas. Bate los huevos aparte, ajusta de sal (ojo, el jamón ya aporta la suya) y mézclalos con el resto de ingredientes. Deja reposar un par de minutos: este pequeño gesto marca la diferencia.
Calienta una sartén antiadherente con un poco de aceite y vierte la mezcla. Cuaja la tortilla a fuego medio-bajo, con paciencia, hasta que la base esté dorada. Dale la vuelta —con decisión y sin miedo— y termina de cuajar por el otro lado. El punto lo decides tú: jugosa en el centro o bien hecha.
Como agua para chocolate
Esta obra, escrita por Laura Esquivel en 1989, busca retratar de manera mágica la esencia de la feminidad y la tradición mexicana durante la Revolución Mexicana. El hilo conductor es una historia de amor imposible, deseo reprimido y un oráculo familiar caprichoso que impide a la protagonista, Tita, casarse con su amado Pedro para obligarla a cuidar de su madre hasta el fin de sus días.
En este contexto, la cocina deja de ser un fondo decorativo para convertirse en un "axis mundi", un lugar sagrado de iniciación y libertad. Comer, amar y sentir responden aquí a una misma lógica: la de la transferencia emocional a través de la alquimia de los ingredientes. El propio título, Como agua para chocolate, funciona como una declaración de principios sobre la furia y la pasión contenida, ese punto de ebullición del alma que ya no puede más.

Tita nace prematuramente sobre la mesa de la cocina, rodeada de olores a sopa de fideos, tomillo y ajo. Este inicio marca su destino, pues ante la falta de leche materna de su madre biológica, es Nacha, la cocinera india, quien se convierte en su madre de crianza y maestra. Nacha le hereda un conocimiento ancestral y místico que se remonta al mundo prehispánico, permitiéndole a Tita desarrollar una sensibilidad especial —un "sexto sentido"— hacia la comida un nacimiento hiperbólico que anuncia su destino extraordinario y su sensibilidad ante el mundo.
La comida aparece cargada de significados que van mucho más allá de lo gastronómico:
● El Pastel de Bodas: Al mezclar sus lágrimas con la masa, Tita provoca sin quererlo una intoxicación colectiva que deriva en un llanto incontrolable en los invitados.
● Codornices en Pétalos de Rosas: Esta receta actúa como un código de comunicación sensual; el deseo de Tita se disuelve en la salsa y penetra en el cuerpo de Pedro, mientras que en su hermana Gertrudis desata un fuego abrasador que la lleva a la liberación.
● El Caldo de Colita de Res: Funciona como un bálsamo restaurador que le devuelve a Tita la memoria y la cordura tras su hundimiento psicológico, demostrando que el alimento puede sanar el espíritu.
Finalmente, tras la muerte de Mamá Elena y Rosaura, el amor entre Tita y Pedro se consume en un encuentro tan apasionado que el fuego de sus cuerpos incendia el rancho. La historia sobrevive a través de un libro de cocina rescatado de las cenizas por Esperanza, la sobrina de Tita, evidenciando que la cocina fue el registro vital de una existencia que la sociedad intentó borrar.
Codornices en pétalos de rosa
Para 4 personas
Ingredientes
● 4 codornices limpias
● Un buen puñado de pétalos de rosa rojos (sin tratar, comestibles)
● 1 cebolla pequeña
● 1 diente de ajo
● Tomillo
● 1 cucharada de miel
● 1 chorrito de vino blanco o jerez
● 500ml Caldo de ave
● Manteca o aceite suave
● Sal y pimienta
● Un toque de canela o clavo (opcional, pero muy recomendado)
Elaboración
Lava los pétalos de rosa y sécalos suavemente. Pícalos muy fino y reserva algunos sin cortar para decorar al final.
Salpimenta las codornices y dóralas a fuego fuerte en una sartén amplia con un chorro de aceite. Retíralas y resérvalas, en un plato o fuente.
En esa misma sartén, sofríe la cebolla picada muy fina junto al ajo, a fuego bajo, hasta que se vuelva blanda y transparente. Añade entonces los pétalos de rosa picados y deja que se integren en el sofrito, verás como nuestro guiso se tiñe de un precioso color rosado. Incorpora la miel, el vino y, si te atreves, una cucharada pequeña de tomillo. Deja que el conjunto hierva suavemente, y se mezclen los aromas y sabores.
Pasados unos 10´vuelve a colocar las codornices en la sartén donde tenemos las verduras junto con el jugo que hayan soltado, y añade el caldo de pollo, y un chorro generoso de vino. Tapa y deja que se hagan a fuego lento, durante unos 20’ permitiendo que la salsa se impregne de carne.
Sirve las codornices bañadas en la salsa, decoradas con los pétalos reservados. Ten cuidado con a quién se la sirves, es toda una declaración de intenciones.
Tomates Verdes Fritos
No podía dejar fuera la maravillosa Tomates verdes fritos (1991), prácticamente coetánea a las dos anteriores.
Esta película se erigió como una de las obras más sólidas del cine comercial al abordar el feminismo de una manera sutil y elegante, integrando un mensaje reivindicativo de forma natural e inevitable en la propia narración. Su fuerza reside en sus protagonistas femeninas, relegando a los personajes masculinos a un segundo plano sin necesidad de demonizarlos.
Consiguiendo, pese a no tener un gran presupuesto, abrirse un hueco entre alguna de las maravillas cinematográficas que se proyectarían ese mismo año. Hablamos de El Silencio de los Corderos, Terminator 2, Hook o La Bella y La Bestia. Y todo ello abordando temas que muchos grandes estudios siguen evitando incluso hoy: mujeres hablando entre ellas, mujeres que no dependen de los hombres para crecer, lesbianismo, racismo e incluso canibalismo. En poco más de dos horas, la película entrelaza tantos asuntos que cualquier intento de análisis resulta, inevitablemente, insuficiente.
A través de los personajes interpretados por Mary Stuart Masterson y Mary-Louise Parker, la película nos sumerge en la vida de dos mujeres que viven sin pedir permiso, mujeres que se abren paso en un contexto en el que la mujer habitualmente era la encargada del cuidado del hogar y de satisfacer a su marido, sin embargo nuestras protagonistas juegan al póker, saltan de trenes en marcha, meten las manos en avisperos y, si es necesario, plantan cara a los maltratadores.
La historia de amor entre ambas quedó, sin embargo, más diluida, y a simple vista puede parecer una amistad profunda y entrañable. Pero el intercambio de miradas, los gestos y determinadas decisiones narrativas revelan que entre ellas existe algo más, muy descriptiva me parece la escena en la que aparecen cubiertas de harina, crema de chocolate, frutos rojos y tomates verdes fritos puede resultar un juego inocente para algunos, mientras que otros perciben sin dificultad el subtexto que la atraviesa.

Por si no fuera suficiente con estas dos mujeres, la película extiende también a su tercera gran protagonista: la mujer que escucha estas historias. Una ama de casa resentida, deprimida por el aumento de peso y atravesando la menopausia, que como muchas otras mujeres busca encajar en una sociedad que no admite la gordura o el envejecimiento, y será la anciana que le narra la historia de las dos jóvenes la que le dará la confianza que necesita para volver a tomar las riendas de su vida, sin necesidad de encajar en ningún molde impuesto, simplemente siendo ella misma.
A modo de curiosidad, la autora de la novela se inspiró en el Irondale Cafe de Birmingham, Alabama, para crear el Whistle Stop Cafe. Muchas escenas se rodaron en un restaurante real de Georgia que, curiosamente, conserva el mismo nombre y donde aún hoy se sirven tomates verdes fritos, convertidos en un auténtico imán para turistas.
Según el libro, los tomates verdes fritos deben prepararse de la siguiente manera: se cortan los tomates en rodajas de aproximadamente un centímetro, se sazonan con sal y pimienta y se rebozan en harina de maíz. En una sartén grande de hierro, se calienta suficiente grasa de beicon para cubrir el fondo y se fríen hasta que estén ligeramente dorados por ambos lados.
Chocolat
Por último, no podemos hablar de cine y gastronomía sin mencionar Chocolat (2000). La historia nos sitúa en Lansquenet, un pueblo francés de 1959, donde Vianne Rocher (Juliette Binoche) instala su chocolatería.

Chocolat es una rebelión. Es un grito de protesta contra la imposición de una moralidad absurda y un reto a las normas establecidas. El chocolate es aquí el fruto prohibido, la manzana del paraíso. Es imposible desligarlo del sexo y al sexo del tabú; quien rompe el tabú encuentra un placer que nunca es vil, sino una vía de comunicación con lo superior. Me rehúso a aceptar que cualquier deidad esté interesada en monopolizar el placer o en cultivar una muchedumbre de seguidores amargados.
La película, pese a su fotografía mágica y su reparto estelar —con un Johnny Depp que funciona como el galán gitano ideal—, le queda pequeña al tema. Si inclinamos la balanza hacia la gastronomía, el chocolate de verdad es sensualidad desbordante, muy alejado de los productos de manteca artificial y azúcares malditos. Hablo del chocolate que formó leyendas, del que postró a los dioses y que fue fecundado en tierras mexicanas para la eternidad.
Al igual que sucede en Tomates verdes fritos (1991), donde la cocina es el vehículo para la emancipación femenina y el desafío al statu quo, en Chocolat la comida es un acto político. Si en la parilla de Sipsey se cocinaba la justicia contra la intolerancia, en el mostrador de Vianne se sirve la libertad. Ambas películas logran, a través del sabor, que sus protagonistas vivan sin pedir permiso, recordándonos que el placer —ya sea en forma de un tomate frito o de un chocolate humeante— es el arma más poderosa contra la rigidez del alma.
.png)





Comentarios