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El cinéfilo insomne recomienda: «El Mago de Oz», de Victor Fleming

Una nueva cita nocturna con nuestro cinéfago favorito: 'El cinéfilo insomne'. Para esta ocasión nos regala una recomendación muy en la línea de una de las últimas proyecciones de nuestro habitual club de cine: El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939).



El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939). Esta joya imperecedera del séptimo arte, basada en la novela de Lyman Frank Baum, catapultó al estrellato a Judy Garland y marcó un hito a nivel visual y técnico. Producida por Mervyn LeRoy para la MGM, cabe señalar que Victor Fleming fue su principal director; aunque a King Vidor le cupo el honor de rodar algunas escenas clave de la película, como aquella en que Garland interpreta la emblemática canción Over the Rainbow, ganadora del Óscar y elegida en numerosas ocasiones la más célebre de la historia del cine.

 

El argumento describe un viaje de maduración emocional y autoconocimiento («conócete a ti mismo», aconseja el antiguo aforismo griego) en el que Dorothy y su perro Totó —acompañados por el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata y el León Cobarde— se encaminan a Ciudad Esmeralda para pedir al poderoso mago que la gobierna que la ayude a volver a su hogar en Kansas. Y es que llega un momento en que la niña parece hacer suyas estas palabras de Pascal: todos los males le vienen al hombre de no saber permanecer en su casa placenteramente; es decir, por tedio de sí mismos. Pero tamaña lección, por suerte o por desgracia, debemos aprenderla siempre de primera mano; razón por la que Dorothy deberá vivir múltiples aventuras antes de su ansiado regreso al hogar. Tal circunstancia nos remite al legendario Odiseo, quien regresa a Ítaca sabio y cargado de inmateriales tesoros después de un largo periplo por un mundo en el que no es oro todo lo que reluce.



 


Pero Dorothy no solo descubre que no hay nada como el hogar, sino que el mago de Oz es un farsante (aunque, según Voltaire, «si Dios no existiera, habría que inventarlo») y que la auténtica magia, como la anhelada felicidad, reside en su propio interior y no es necesario buscarla en lugares extraños ni peligrosos. Después de todo, el verdadero viaje, al decir de Proust, no consiste en ir hacia nuevos paisajes, sino en aprender a mirar con nuevos ojos. Así lo prueba también otro gran clásico de Hollywood: ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra; donde el protagonista, después de un sugestivo sueño, vuelve junto a su familia investido de una nueva mirada sobre sí mismo y sobre el mundo que lo rodea. Análogo viaje interior lo realiza Scrooge en Un cuento de Navidad, de Dickens. Y aun los insólitos personajes que acompañan a Dorothy descubren que para poseer inteligencia, bondad y valor (principales virtudes del buen gobernante y que también la niña hace suyas) importa más confiar en su propia fuerza interior que en presuntos poderes externos.

 

Por supuesto, hubiera sido genial que Dorothy, en vez de volver a un mundo que conserva su sepia inicial, y como prueba de la transformación de su mirada, hubiera llevado consigo algo de color; no el color chillón e irreal del mundo de Oz, sino un color más natural y acorde con su nueva realidad.

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