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Cuatro poemas para la generación Z

La llamada Generacion Z. Nacidos a finales de los 90 hasta inicios del presente milenio. Hemos crecido en la crisis del 2008 y no conocemos la estabilidad económica; trabajos precarios y contratos indefinidos. No podremos comprarnos una casa ni tener hijos a la edad que lo hicieron nuestros padres.


Fotografías tomadas en zonas de instituto de Washington, D.C. por Esther Bubley.


Cuatro poemas de El fin del germen, primer poemario de María G de Montis, un espejo de las diferentes realidades que nos han tocado, el germen de una generación marcada por los problemas sin resolver de nuestros antepasados.


Somos la generación del tuenti, los nativos digitales, no concebimos el mundo sin dispositivos móviles. Iniciamos más relaciones a través de internet que cara a cara; nos damos a conocer en nuestro instagram y nuestros selfies son nuestra carta de presentación.


Somos la generación más afectada por problemas de salud mental, los mal llamados “generación de cristal” que hemos puesto sobre la mesa la ansiedad y la depresión como problemáticas reales. El suicidio es la segunda causa de muerte entre personas de 15 a 29 años y segun la Organizacion Mundial de la Salud la depresion sera la primera causa de discapacidad entre jóvenes y adultos en 2030.


Nuestra herencia no es más que un mercado laboral inaccesible, pese a que seamos la generación “más preparada”, somos incapaces de planificar o cumplir nuestras expectativas vitales, nos sobrevienen crisis climáticas, económicas e incluso, guerras mundiales.


Pero en medio del desastre, a veces nos queda la poesía, y asi quizás reunamos fuerzas para seguir luchando contra los molinos porque sino dime tu a mí/cómo se aguantan los veintitrés/en esta celda/en esta España que rezuma desvergüenza… como escribió Gata Cattana.


No todo podía ser malo.




Tenemos veinte años


Tenemos veinte años:

Nike Air y caras muy tristes

celulitis arrasada por la pena.

Somos lo mejor que podía habernos pasado.


Vimos caer la orla del parvulario

en una vorágine de talento y rabia.

¿Dónde estaban entonces gurus de nuestra angustia?

Leían la muerte de mis padres

desde su desierto de plásticos.

Son cómplices de la desgracia:

antesala de escopolamina y prozac.


Solo queda rezar por la masa.

Tenemos veinte años

ya no queda nervio que mascar.




Casa familiar


Habito un cuerpo que no permite sueño

forma de equívocos y azul.


Es de noche: abro los ojos y espiro.

Arriba, una casa que no pesa

un colchón donde permanecer

quieta, petróleo desechable.

Busco aun sabiendo

que no hay hogar como el que creo sin techo,

sin familia sin cobre imitando el calor.


Mi pena es un acto político.

Yo ya sé qué debo ser si quiero despertar mañana.




Línea sucesoria


El aislamiento es otra cosa muy relativa

solo existo en hospitales y cumpleaños.


Una vez al año celebramos un parto.

Yo ya sé qué es la familia: revisionismo

el calor que extiende cera en una Selva Negra

la ecología regalando un asiento en la Picasso.

Yo ya sé que un apellido es tatuaje neonatal:

bandera por la que morir

cuando no exista quien aplauda.




6 de junio de 1997

Mamá, me diste ojos y escuela:

capacidad de escribir en cursiva,

una orden de pago vitalicia.


Mamá, arrastraste mis dedos aquí:

todo son guerras a salvar

con pan cuerpos que amasar a salivazos.


Mamá, juraste que después todo mejora

pero a los once sangré las medias

y ahora no sé desagonizar.

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