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Carta a Federico García Lorca

Anoche tuve un sueño, en la más fresca madrugada cruzábamos la huerta de San Vicente, recién arada...



Anoche soñé contigo Federiquito,

en la más fresca madrugada,

cruzábamos la huerta de San Vicente,

recién arada,

y se nos hundían los pies en los surcos de la tierra.

Tú te colgabas de mi brazo para no tropezar.


Bien emperejilado, y con la hierba hasta las rodillas,

me confesabas,

sólo a mí,

un poema que escribías ayer, cuando todos dormían la siesta.

Sonreí.


Te dije que me gustaba mucho, pero que ya me lo sabía.

Te reíste porque lo entendías.

A cambio te regalé una amapola

y la colocaste dentro de uno de los agujeros de tu chaqueta.


Me puse de puntillas, cerré los ojos,

y te susurré unas palabras, que se fundieron con el sonido de las cigarras,

rasgando las primeras horas de la mañana:

"A ti la tierra te quiere mucho Federico,

sólo para ella,

te guarda para sí misma y nadie te encuentra.

Ya han pasado 84 años.

Alguien ha vivido ya una vida entera desde entonces,

bajo tu recuerdo, tu poesía,

tu alegría gitana y tu gracia,

eternas.


Tú, que bordaste en la bandera de la libertad,

el amor más grande de tu vida.

¡Federiquito!

Cuánto me hubiera gustado conocerte, mi poeta esotérico.

Te habría contado que hasta mi gato se llama como tú"


Al abrir los ojos me desperté,

ya no estabas, pero aún me seguía oliendo a romero y humo de tabaco.

Ya descansabas, bajo el cri cri de las margaritas. Qué más palabras te voy a dedicar

que no haya empleado ya en tiempos pasados,

muso, fiel amigo del alma,

compañero.



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