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Pedro Páramo y el uno de noviembre

No hay que olvidar cuál es el sentido profundo de Halloween, el de celebrar la existencia de las almas incorpóreas, que durante una noche al año parece que incluso se vuelven materiales.



A lo largo de la breve historia de la sociedad occidental, conforme se va acercando el día 1 de noviembre, paulatinamente, con más intensidad, sobrevuela las conversaciones entre conocidos un tema, tan escabroso como morboso: la muerte.

En los últimos tiempos este concepto, en el contexto de estas fechas, se ha disfrazado también en España de fiesta divertida y para toda la familia, pero no hay que olvidar cuál es el sentido profundo de Halloween, el de celebrar la existencia de las almas incorpóreas, que durante una noche al año parece que incluso se vuelven materiales.


Nos centramos ahora más en el día 1 de noviembre que en la festividad de Halloween, que, aunque cada vez goza de más adeptos, su celebración es algo reciente en España. Y es que, en nuestro país, la muerte (y todo lo que a esta rodea) siempre se ha concebido como algo tabú, algo de lo que evitar hablar, un tema que suele provocar malestar e incomodidad cada vez que aparece en una conversación, aunque esta sea amena y espontánea. Sin embargo, todo cambia en los días 1 y 2 de noviembre. Estos días, de todos los santos y de los fieles difuntos, son los días en los que, de alguna manera, la muerte se “materializa” en forma de tema social.

No hay que olvidar que a pesar de la tendencia al alza de Halloween en nuestro país, la esencia sigue siendo la misma, el celebrar la muerte y mantenerla viva, valga la antítesis. Y es que noviembre empieza en España con visitas al cementerio de toda la familia: abuelos, padres e hijos (algo que siempre me ha transmitido tanto extrañeza como curiosidad); con el fin de cuidar el entorno físico donde descansa lo que ahora es un recuerdo (limpiando el lugar de descanso y adornándolo principalmente con flores) y de esta manera tratar de mantener vivo ese recuerdo a través de las generaciones.


De una manera u otra, celebrar las almas de los difuntos es algo que ocurre en todas las partes del mundo, independientemente de creencias y concepción de la muerte como fin o como principio.


Pero quisiera centrarme en esta costumbre tan de aquí, la de visitar el cementerio con toda la familia en fecha tan señalada, que provoca que durante un intervalo señalado la muerte deje de ser tabú y se envuelva en un halo de costumbrismo. Al acercarse estos días, y especialmente el día 1, inevitablemente sobrevuela mi cabeza el recuerdo del libro de Pedro Páramo, el cual hasta la fecha es mi favorito. Por supuesto para hablar de esta obra resulta casi necesario hacer mención a la manera que tienen en México de concebir la muerte basándose en su tradición autóctona e indígena, en la que el día 1 de noviembre se constituye realmente en una fiesta, como todos sabemos a través de la cultura popular, con el famoso Día de los Muertos. Tanto esta festividad como esta concepción de la muerte resulta una antítesis de la concepción judeocristiana que se comparte en España acerca de afrontar la muerte, y por eso me resulta tan interesante comparar esta fecha en nuestro país con Pedro Páramo.


Día de muertos, 1924. Diego Rivera



No considero que esté destripándoos el libro cuando os cuento que Juan Preciado va en la búsqueda de su padre, Pedro Páramo, cacique y hombre poderoso en el pueblo de Comala (esto sirve para explicar el contexto del libro: la feroz revolución mexicana que enfrentó a la gente llana contra el caciquismo imperante). A medida que pasa tiempo allí, sufriendo paulatinamente una atmósfera inquietante y muy pesada la de ese pueblo, y tras entrevistarse con varios vecinos extraños, llega a la conclusión de que Pedro Páramo está muerto. Y no solo su padre, todos los vecinos de Comala, sin distinción de ningún tipo, también están muertos. Por lo tanto, los vecinos a quienes Juan Preciado había conocido son almas errantes que no han podido abandonar un pueblo maldito.


A partir de este punto, teniendo en cuenta que el pueblo de Comala está muerto, de manera literal, es donde comienza la historia. La forma en la que Juan Rulfo, su autor, trata el tema de la muerte con una naturalidad pasmosa, llegando hasta el punto de que los personajes son capaces de dialogar sobre su propia muerte, hace que nos planteemos un concepto tan abstracto como inconcebible, como es la “metamuerte”, la macabra fantasía de tener la capacidad de hablar sobre tu propia muerte una vez acaecida. La manera en la que en este libro hace de lo inconcebible algo natural, mezclándolo con ese mundo costumbrista que supone una dosis extra de realidad, supone que los críticos etiqueten a Juan Rulfo como uno de los principales precursores del realismo mágico que se asentaría un tiempo después.


Fragmentos de Juan Rulfo. Una vida gráfica de Óscar Pantoja



El motivo principal de que en este artículo se relacione este libro con la fiesta española del día de todos los santos, es porque a pesar de exponer la concepción mexicana de la muerte, esta se haya muy influida (o contaminada) por la visión cristiana de la misma, ya que las almas de los habitantes de Comala permanecen en ese pueblo maldito debido a pecados que no han sido considerados como objeto de perdón por el Padre Rentería, juez de lo celestial, o porque este no ha rezado lo suficiente por sus almas. De esta manera, Comala se presenta como una especie de Limbo en el que se construyen un montón de historias agridulces. Y es que a pesar de que en el libro la muerte se convierte en algo cotidiano, tiene un tono lúgubre y pesaroso, con la capacidad de transmitir mucha ansiedad a través de las voces de los muertos. Esto hace que esté muy lejos de ser algo parecido a la película Coco.



Bajo un punto de vista personal, Pedro Páramo cumple el objetivo de concebir la muerte como parte de la vida, una muerte contada de una manera tan brillantemente costumbrista que al lector en todo momento le parecerá algo normal y real. Una muerte en vida alejada de esperanza, un “sinvivir” gris y ansioso que provoca en el lector sentimientos encontrados, pero que por supuesto no lo dejará indiferente. Sin duda una lectura ideal para quienes pretendan vivir estas fechas empatizando realmente con el sentido de lo que se celebra. Porque en estas fechas, a través de ese recuerdo, es cuando mejor se pueden llegar a escuchar las voces de los muertos, sus ecos, tal y como le expresa Damiana Cisneros a Juan Preciado:


“Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará el día en que estos sonidos se apaguen”.








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