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El peso de la opulencia. Auge y decadencia del modernismo literario

El modernismo es quizás el movimiento en el que las similitudes entre las distintas formas de arte se hacen más palpables, debido principalmente a la fácil identificación de sus términos.


a. Las tres novias, Jan Toorop

b. La nueva generación, Jan Toorop, 1892


A lo largo de la historia del arte y de la literatura ha habido muchos movimientos comunes entre ambas disciplinas, en los que se comparten diferentes elementos que producen esa categorización común. El modernismo es quizás el movimiento en el que estas similitudes entre las distintas formas de arte se hacen más palpable, debido principalmente a la fácil identificación de sus términos. Sin demasiada formación en terreno artístico o literario, cualquier lector y espectador puede identificar a una obra como modernista debido a esa esencia colorida, esa fachada (en sentido literal y figurado) que evoca a quien lo contempla a mundos de fantasía y evasión. Como no hacerlo al quedarte observando la Casa Batlló o el Palau de la Música Catalana, lugar de residencia de hadas, princesas y cualquier elemento de las fantasías que cruzan la cabeza del individuo. Ese mismo efecto sensorial ocurre cuando el espectador se enfrenta a una pintura de Toorop o Klimt, por mencionar a dos de los más reconocidos pintores modernistas. Y es que a través de ellos el espectador proyecta sus pensamientos más coloridos, aquellos que forman parte de una fantasía infantil en la que el ingrediente secreto es la magia.


La joven, Gustave Klimt, 1913


Para trasladar estas sensaciones descritas al terreno de la literatura, los autores se sirven del exotismo, del color y en ocasiones de la sensualidad para hacer de la lectura de la poesía modernista una experiencia de evasión y traslado, tanto espacial como temporal, hacia paraísos “terrenales” cuasi mágicos o escenas melancólicas, según sea la intención del creador. Con ánimo de mostrar la manera en la que se consigue esa sensación sin contar con apoyo visual, tan solo el de las imágenes mentales que suscitan, expondré un fragmento de Sonatina, de Rubén Darío, como bien sabéis máximo exponente literario de este movimiento:


La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

La princesa está pálida en su silla de oro,

está mudo el teclado de su clave de oro;

y en un vaso olvidado se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales.

Parlanchina, la dueña dice cosas banales,

y, vestido de rojo, piruetea el bufón.

La princesa no ríe, la princesa no siente;

la princesa persigue por el cielo de Oriente

la libélula vaga de una vaga ilusión…


Rubén Darío a su llegada a la estación de Barcelona con algunos miembros de la revista Mundial Magazine, 1912


Tal y como se puede observar, aparecen todos los elementos anteriormente mencionados, como el colorismo, las criaturas y lugares exóticos, un enfoque en un tiempo indeterminado, personajes de cuentos, etc. Estos elementos provocan que en la mente del lector se cree ese lugar perdido en el tiempo, de naturaleza bucólica y exótica que pretende ser el modernismo, el movimiento literario en el que la forma lo es todo.


No es mera casualidad que haya elegido a Rubén Darío para representar la forma literaria de este estilo, aunque en ocasiones se puede llegar a pecar de reducir todo el movimiento del modernismo a su figura. Pero la realidad es que él fue su principal precursor, quien llevó el modernismo por bandera en todos y cada uno de sus viajes e influyó a tantos escritores dentro y fuera de su América natal. Es más, el modernismo es gracias principalmente a Rubén Darío, el primer movimiento literario de calado y fama global que tuvo su nacimiento en América.


Retrato de Rubén Darío, Eugenio d´Ors, 1881


Precisamente en nuestro país gozó de gran fama el modernismo entre finales del XIX y principios del XX, época más que aciaga para España, ya que se despidió de los restos que aun conservaba de un pasado glorioso a nivel territorial, a lo que se sumaba una crisis económica atroz. Era por tanto muy importante para el español esa evasión que proponía Rubén Darío a través de su manifiesto modernista, que sería aceptado de buen grado por autores de la talla de los hermanos Machado, Salvador Rueda (principal autor español puramente modernista) o Juan Ramón Jiménez. Expongo a continuación unos versos de Estambres y Pistilos, de Salvador Rueda, gran olvidado de la literatura española, para mostrar cómo caló el modernismo en España y la imagen mental que éste transmite:


…Atravesando el líquido luciente

asómanse los tallos amorosos,

y a los himnos del viento rumorosos

los desposa la luz resplandeciente…


Atendiendo a la anterior sentencia en la que me refiero al modernismo como un estilo en el que la forma lo es todo, resulta necesario explicar que este movimiento constituye una respuesta al romanticismo, el estilo en el que las emociones son llevadas al límite, así como su expresión, importando el individuo y sus entrañas por encima de todas las cosas. Agotada ya esa exacerbada expresión interna, el modernismo busca su ser a través de dos conceptos fundamentales, el parnasianismo y el simbolismo franceses. El primero de ellos se resume en la sentencia de “arte por el arte”, y es que aquí no importa tanto el contenido de la obra, cuan profundo sea su significado, sino la forma en la que se presenta. Por su parte a través del simbolismo el poeta trata, mediante símbolos, de encontrar el máximo grado de belleza formal.


Juan Ramón Jiménez, acompañado de niños que le obsequian con un pequeño Platero.


A pesar del gran éxito que obtuvo el modernismo literario a nivel global, especialmente en los diferentes países de habla hispana, debido a la ya mencionada intervención de su patrón Rubén Darío, a partir de la segunda década del XX, comenzó la decadencia del movimiento. Los autores y lectores, cansados ya de ese constante interés por la forma, que equivaldría a un interés por lo meramente superficial, comienzan a optar por otras formas de expresión que rompan totalmente con la esencia modernista. El agotamiento modernista causó que muchos autores cambiaran drásticamente hacia otras vías, y esto lo expresa a la perfección Juan Ramón Jiménez, poeta que a partir de entonces se decantó por su aclamada “poesía pura”, en la siguiente poesía, de su obra Eternidades:


Vino, primero, pura, vestida de inocencia.

Y la amé como un niño.

Luego se fue vistiendo

de no sé qué ropajes.

Y la fui odiando, sin saberlo.

Llegó a ser una reina,

fastuosa de tesoros…

¡Qué iracundia de yel y sin sentido!

…Mas se fue desnudando.

Y yo le sonreía.

Se quedó con la túnica

de su inocencia antigua.

Creí de nuevo en ella.

Y se quitó la túnica,

y apareció desnuda toda…

¡Oh pasión de mi vida, poesía desnuda,

mía para siempre!


Aquí el genio de Moguer personifica a la poesía como una dama sencilla que evoluciona hacia una ostentosidad que le provoca rechazo. Esa ostentosidad vendría a ser el modernismo, para luego expresar siguiendo esa metáfora que una vez que la poesía se despojó de esa superficialidad, fue cuando realmente volvió a amarla.


Y es que en la historia de la poesía, al igual que en la historia de las diferentes artes, siempre ha estado presente el conflicto entre dos variables que deben permanecer unidas para que el arte tenga sentido, forma y significado, parnasianismo contra romanticismo (aplicando esta lucha al siglo XIX). Así pues, habiendo dos maneras de disfrutar el arte, y aunque ambas suelen confluir en un cóctel de formas y emociones, finalizo el artículo con una pregunta al sensible lector o lectora: a la hora de deleitarte, ¿para ti tiene más importancia la forma o el significado?

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