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El cinéfilo insomne recomienda: «Los cuatrocientos golpes» de François Truffaut

hace 16 minutos
3 min de lectura

Bajo la tenue luz del flexo en plena madrugada, nuestro cinéfilo insomne ha vuelto a rebuscar en su colección para invitarnos a correr por las calles de París. Esta noche nos regala un canto a la rebeldía infantil y la obra fundacional que encendió la mecha de la Nouvelle Vague. Hoy: Los cuatrocientos golpes (1959), de François Truffaut.


Los cuatrocientos golpes (Les 400 coups, François Truffaut 1959). François Truffaut fue director, guionista, actor y crítico de cine en la prestigiosa revista Cahiers du cinéma (fundada por el que fuera su amigo y mentor André Bazin, a quien dedica este primer largometraje). Apasionado lector y espectador compulsivo de toda suerte de películas desde muy temprana edad, quizá como medio de evadirse de su aflictiva infancia y su desarraigada vida familiar, también se le recuerda por haber sido uno de los grandes baluartes de Henry Langlois y su Cinémathèque française. Fue, además, coautor —junto a su admirado Alfred Hitchcock— del prestigioso libro El cine según Hitchcock, donde mantiene una extensa conversación con el maestro británico sobre su filmografía. Cuando dicha obra vio la luz, la figura de Hitchcock tomó una nueva dimensión, primero en Europa y luego en todo el mundo: ya nadie puso en duda que, más allá del popular apodo de mago del suspense, nos encontrábamos ante uno de los grandes creadores del siglo XX.



Sobra decir que Los cuatrocientos golpes (en la que, dicho sea de paso, el propio Truffaut realiza, al más puro estilo hitchcockiano, un pequeño cameo) es una de las mejores películas de la historia del cine francés y una obra emblemática del cine mundial. Truffaut, con tan solo veintisiete años, recibiría por este trabajo el premio al mejor director en el festival de Cannes, impulsando así un movimiento cinematográfico en ciernes: la nouvelle vague. La película, protagonizada por el también debutante Jean-Pierre Leaud, inicia la serie de cuatro largos y un mediometraje dedicados al personaje de Antoine Doinel, alter ego del prestigioso director francés.

 

Incomprendido por sus padres y profesores, la ya de por sí difícil existencia del adolescente Doinel se agrava a nivel moral cuando sorprende a su madre besando a su amante en plena calle. Gilberte (Claire Maurier) es una madre narcisista y exigente que no sabe amar a su hijo, y solo le importa que este saque buenas notas en el colegio. Julien Doinel (Albert Rémy), el padrastro de Antoine, es más tolerante y permisivo; sin embargo, influido por su esposa, se vuelve en ocasiones violento con el muchacho, que es incapaz de entender las motivaciones de su familia y el porqué del trato que recibe. En la escuela tampoco le va mucho mejor, y a menudo es castigado por culpa de sus compañeros. Así las cosas, y sin referentes cercanos a los que admirar, el joven Doinel se refugia en el cine y en la literatura, al mismo tiempo que inicia una vida de pequeño delincuente que terminará llevándolo a un reformatorio. El muchacho no tardará en escaparse; pero no para volver a casa de sus padres, sino para iniciar una peregrinación hacia el mar: símbolo de todas sus esperanzas de libertad.



La escena final, con el joven Doinel corriendo por la playa, es tan mítica como desgarradora; y el giro último del personaje hacia la cámara deja al espectador sin aliento y con un nudo en la garganta.

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