El arte está para comérselo: Búcaro... ¿Fagia?
- Cristina V. Puerto

- hace 16 horas
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Hoy vamos a hablar de una costumbre relacionada con la alimentación un tanto peculiar… la bucarofagia. Quizás no hayas leído o escuchado esta palabra antes, así que vamos a ver qué significa.:
Por un lado: búcaro, según el D.L.E., es una vasija de barro cocido, generalmente de arcilla roja y porosa, originaria de Portugal, utilizada tradicionalmente para refrescar agua.
Por otro, -fagia es un sufijo derivado del griego phagein (comer), que se utiliza en medicina, biología y ecología para indicar la acción de comer, tragar, ingerir o alimentarse de algo.
Podemos imaginarnos por dónde van los tiros, entonces.
Todos hemos visto en algún momento esa obra de Velázquez, Las Meninas —por cierto, palabra de origen portugués también—, término usado para designar a las damas jóvenes que acompañaban a las infantas. Una de ellas, en el cuadro, se encuentra ofreciéndole un búcaro en bandeja de plata a la jovencísima infanta Margarita, que en ese momento rondaría los cinco años de edad. Si prestáis atención podréis observar que ese búcaro se encuentra prácticamente en el centro de tan bella obra. Pero ¿por qué Velázquez iba a darle un lugar tan privilegiado a una simple vasija de barro? La respuesta es simple: para mostrarnos una de las costumbres más curiosas entre las damas del Siglo de Oro: la bucarofagia.
En aquella época, tener la tez lo más blanca posible era sinónimo de belleza, y como tantas otras veces, aquí entran en juego las mujeres en ese intento de perseguir un canon estético que, vaya contra natura o no, es un deporte que llevamos practicando a lo largo de los siglos —este no iba a ser menos—. Y es en la búsqueda de esa palidez cuando se percatan de que al masticar o ingerir recipientes de barro conseguían el efecto buscado. La técnica era la siguiente: primero llenaban la vasija de agua y dejaban que se enturbiara para beberla; a continuación, con el barro ya más blando, procedían a arrancarlo a pedacitos para comérselo o masticarlo. En ocasiones también llevaban collares con cuentas de barro para ir chupándolas o mordiéndolas —sí, como las pulseras de chuches de cuando éramos pequeños, pero en cutre—.

Al ingerir el barro se producía una obstrucción intestinal denominada opilación, que además de brindarles ese ansiado aspecto pálido, impedía la correcta absorción de nutrientes, grasas, proteínas y hierro —el resultado: pálidas y delgadas, la combi completa—. Y por si fueran pocos los beneficios, en muchas ocasiones este hábito provocaba la desaparición de la menstruación, consecuencia directa de la monumental anemia que se cogían, amigas. Pero oye, ningún problema, porque se creía que sin periodo no había posibilidad de quedarse embarazada. De hecho, desde la Iglesia se rechazaba este hábito precisamente por eso, al considerarlo una suerte de método anticonceptivo. Para resumir: quitando las posibles obstrucciones intestinales, alguna que otra peritonitis, la amenorrea y la anemia, tampoco le veo mayor inconveniente al sistema. Un ejemplo más de cómo el canon de belleza ha utilizado el cuerpo femenino como campo de batalla, generando en las mujeres ese ansia de perseguir ideales que, aun implicando un riesgo para su salud, se asumían como precio inevitable.

Esta opilación se trataba con purgantes y con las llamadas aguas ferruginosas. En Madrid era célebre la Fuente del Acero, al otro lado del Puente de Segovia, cuya agua había que beber y luego pasear —de ahí la expresión pasear el acero—. Pero hay más, en ocasiones conseguían permiso para acercarse hasta la fuente con la excusa de la anemia, cuando en realidad lo que buscaban era, sencillamente, un respiro de la clausura doméstica, un encuentro con amigas o incluso con el amante en cuestión. De esta forma, el barro podía jugar el rol de opresor o de liberador, según se mire. Lope de Vega lo inmortalizaría en su comedia El acero de Madrid:
«Niña de color quebrado, o tienes amores o comes barro.»
Sabiendo todo esto, volvamos a la obra. Esa menina que recibe el búcaro es la infanta Margarita de Austria, hija de Felipe IV. Se sabe que padecía el síndrome de Albright, caracterizado por pubertad precoz, alteraciones tiroideas, bocio, talla corta y hemorragias menstruales anormales —síndrome que, no casualmente, le causó la muerte con tan solo veintidós años—. En ese contexto, la ingesta de barro bien pudo ser uno de los remedios para frenar esas hemorragias, más que un capricho cosmético o anticonceptivo. Aunque tampoco hay que descartar el puro placer goloso de la cosa: el diccionario clásico de Covarrubias define el búcaro directamente como una «golosina viciosa», y un entremés anónimo del siglo XVIII titulado Los gustos de las mujeres nos lo confirma con total descaro cuando una dama confiesa:
«Yo, señor, gusto del barro, que me agrada ver que suena mascadito, poco a poco, en los dientes y en las muelas.»
A fin de cuentas, aunque puede parecer un hábito de lo más rocambolesco, habría que verse en la piel de una señora bien del siglo XVII para poder opinar. A ver si no estábamos comiendo pedazos de vasija en plan snack fit. Y de paso, a ver qué opinan dentro de unos siglos de las joyitas de la actualidad: unos rayos uva para broncearse —¡ay, si nos vieran estas chicas con su bucarofagia para palidecer!— o un poquito de Ozempic para adelgazar —mucho más barato el rollo botijo, la verdad—.
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