¿Quién teme a Ned Ludd? El miedo al progreso
- Alejandro López Clemente
- 23 oct 2024
- 5 Min. de lectura
ĀæQuiĆ©nes se oponen realmente a las IA? Aquellos que seƱalan tan ligeramente sus inconveniencias deberĆan plantearse si hubieran estado dispuestos a defender los intereses de los copistas medievales frente a la fuerza destructora de la imprenta.
Retrato de Ned Ludd, lĆder de los luditas, 1812
Un golpe seco sacudió la noche en el rudimentario taller de medias de Anstey. Los estridores metĆ”licos del martillo se fundieron con el crujir de los bastidores y redujeron los telares a un sombrĆo amasijo de hierro. Ćl era Ned Ludd, un joven de Leicestershire del que se cuenta que hacia 1779 habĆa perdido su trabajo por culpa de un artilugio que era capaz de tejer mĆ”s rĆ”pido y mejor que cualquier hombre. Las mejoras de la mĆ”quina de punto, que la mente calenturienta de William Lee habĆa esbozado un par de siglos atrĆ”s, lo habĆan despojado de su forma de vida. Probablemente, Ned Ludd nunca existió, sino que su figura fue una mĆ”scaraĀ bajo la cual se refugiaron numerosos trabajadores de la región que, dĆ©cadas despuĆ©s, utilizaron el sabotaje y la destrucción de mĆ”quinas como una forma de negociación colectiva ante los patronos. No en vano, en 1813, los disturbios luditasĀ se habĆan extendido a otros lugares de Inglaterra, y, segĆŗn comenta Eric J. Hobsbawm, el duque de Wellington tuvo que destinar unos catorce mil hombres para su sofoco, bastantes mĆ”s que los que habĆa empleado para luchar contra Napoleón en EspaƱa y Portugal durante la guerra de Independencia (1808-1814).
Hay que destacar que el ludismo, en sentido amplio, no surgió con Ned Ludd. Ya en el siglo XIII, tenemos noticias de las protestas de algunos trabajadores franceses que se quejaron por la reducción de empleos que suponĆa la introducción de los molinos de agua para abatanar los paƱos. Tal y como seƱala Cipolla, el uso de los molinos de agua y viento, aunque ya conocidos durante la Antigüedad, se generalizó en la Baja Edad Media y supuso un importante cambio de paradigma en la formas en lasĀ que hasta el momento, el hombre habĆa generado energĆa, que se habĆan derivado mayormente de los elementos vegetales y animales. A partir del siglo XV, la maquinaria inanimada de los artefactos hidrĆ”ulicos y eólicos vino a poblar un mundo de autómatas que se diversificarĆa mĆ”s tarde con el descubrimiento del vapor y la energĆa elĆ©ctrica.
En este artĆculo nos centraremos en los temores que se sustentan en los eventuales estragos laborales que podrĆa causar la irrupción de la inteligencia artificial en ciertos sectores. A este respecto, conviene citar la Ā«destrucción creativaĀ» de Schumpeter, que entendemos como el proceso por el cual un sector económico sufre la destrucción de su modo de producción inducida por una mejora que permite elaborar un determinado producto de manera mĆ”s eficiente.Ā
Los empresarios de dicho sector estĆ”n obligados a integrar tal novedad en su negocio para poder adaptarse al mercado y ser competitivos, de modo que han de reconvertirse, destruyendo el modelo antiguo y creando otro nuevo. En otras palabras, la destrucción creativa es la innovación. Como bien seƱaló el austrĆaco, a corto plazo los efectos pueden ser perjudiciales para los trabajadores, puesto que la superioridad cualitativa o cuantitativa de la tecnologĆa va sustituyendo el trabajo humano. Sin embargo, a largo plazo, el nuevo modelo productivo engendrarĆ” nuevas necesidades que se derivarĆ”n en la oferta de nuevos puestos de trabajo.
ConvendrĆa remontarse cuantos siglos se quiera hacia el pasado para advertir que este proceso de creación-destrucción no constituye ninguna novedad; como vemos, ni siquiera lo fueĀ en los siglos XVII y XIX, donde comienzan las peripecias del ludismo moderno, sino que es intrĆnseco a la condición humana, a la manera en que se desarrolla la tecnologĆa y a la consiguiente evolución de las relaciones laborales. Ahora bien, hay una manera relativamente sencilla de subsistir de espaldas al progreso que se constituye eliminando artificialmente la competencia que obligarĆa a un determinado sector económico a adaptarse para sobrevivir.Ā
En ello acabaron degenerando los gremios medievales, asociaciones de artesanos de un mismo oficio a los que el poderoso otorgaba el privilegio de la exclusividad en su desempeƱo, por el cual podĆan regular completamente los centros productores y, asĆ, los precios, en beneficio propio, claro. Baste invocar aquĆ el ejemplo del mencionado William Lee, inventor de la mĆ”quina de tejer en 1589 que, cuando le presentó el ingenio a Isabel I de Inglaterra le fue denegada la patente y la posibilidad de ponerlo en funcionamiento, debido a la presión del gremio de tejedores, por lo que hubo de marcharse a Francia, donde abrió un taller en Ruan aƱos mĆ”s tarde.Ā
Llegados a este punto, hemos de reflexionar sobre las recientes Ā«Inteligencias ArtificialesĀ» (Dall-E, Stable Difussion, Midjourney, ChatGPT) y su impacto en la sociedad actual. El sensacionalismo de los rótulos periodĆsticos a menudo empaƱa la percepción general de las mismas, que son vistas maniqueamente; bien desde una visión apocalĆptica que augura el fin de los tiempos o desde un optimismo salvĆfico que redimirĆ” a la humanidad. Hay que mencionar que los resultados de las IA son impresionantes,Ā pero su cualidad artĆstica debe ponerse en entredicho (que no su calidad), puesto que cada uno de estos programas no son mĆ”s que sistemas que ejecutan un algoritmo basado en la probabilidad y que carecen de intencionalidad propia, si bien es cierto que estĆ”n guiados por ciertos parĆ”metros establecidos por la persona que los gobierna. De ahĆ que las IA no supongan la revolución de la que todos hablan: su supuesta inteligencia no es independiente o externa a la nuestra, sino que son herramientas creadas por y para el hombre, tanto como un martillo o una calculadora.Ā
Entonces, ĀæquiĆ©nes se oponen realmente a las IA? Aquellos que seƱalan tan ligeramente sus inconveniencias deberĆan plantearse si hubieran estado dispuestos a defender los intereses de los copistas medievales frente a la fuerza destructora de la imprenta. El mecanismo de GutenbergĀ no solamente destruyó la forma de vida y trabajo de los monjes amanuenses, sino que tambiĆ©n permitió abaratar los costes de fabricación de los libros que hasta ese momento solo habĆan podido permitirse los potentados. Este es uno de los mĆŗltiples ejemplos que podrĆan concitarse, aunque resulta especialmente lacerante en el argumentario de aquellos que creen que las mĆ”quinas, como las IA, solo benefician a los patronos o a los poderosos. La imprenta ayer, al igual que internet hoy, permiten que un contingente cada vez mayor de la población, tradicionalmente desposeĆdo, pueda acceder al conocimiento y compita en condiciones mĆ”s favorables con el mundo exterior. Lo mismo estĆ”n haciendo ahora las IA de nueva generación, solo que parece que aĆŗn perdura la tradición gremial en el alma de algunos artistas que creĆan que el arte era patrimonio exclusivamente suyo.
Por Ćŗltimo, dejo al lector que saque sus propias conclusiones. Suetonio, en su Vidas de los Doce CĆ©sares cuenta una anĆ©cdota del emperador Vespasiano (69 d.C.-79 d. C) al que mostraron el esbozo de una mĆ”quina que permitĆa ahorrar un gran esfuerzo humano para las labores de desplazamiento de unas columnas hacia el Capitolio. El emperador, aunque gratificó generosamente al inventor, prohibió su construcción y le dijo:Ā
Permite que el populacho pueda ganarse la vida.
Retrato de Ned Ludd, de Mary Evans
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