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Lo indecible y la computación. Primera parte: los precursores

En el Tractatus Logico-Philosophicus, Wittgenstein establece: "Lo que puede ser dicho, puede ser dicho claramente; y de aquello de lo que no se puede hablar, se debe guardar silencio" (Proposición 7). Esta proposición apunta a la percepción de Wittgenstein sobre el límite intrínseco del lenguaje. La lógica, desde su punto de vista, permite estructurar nuestros pensamientos y declaraciones sobre el mundo, pero hay aspectos de la realidad (como lo metafísico, lo ético y lo estético) que simplemente no pueden ser articulados de manera coherente y, por lo tanto, deben ser pasados por alto en silencio.


El poeta, Rainer María Rilke


En las Investigaciones Filosóficas, Wittgenstein va aún más allá, explorando cómo el significado no reside simplemente en la asociación de palabras con cosas del mundo, sino en el uso que damos a esas palabras dentro del juego del lenguaje. El lenguaje, en este sentido, es más una actividad que una mera representación. Wittgenstein no niega la existencia de lo inefable, sino que sugiere que se encuentra más allá de los confines del discurso racional y, por tanto, debe ser experimentado en lugar de hablado.


Rilke, por su parte, intenta a través de su poesía alcanzar esa eternidad que es intrínsecamente indecible. Un ejemplo espléndido de esto se puede encontrar en la primera de sus "Elegías de Duino": "¿Quién, si yo gritara, me oiría entre las órdenes/ angélicas?" (Elegía 1). Rilke nos muestra un universo donde el grito humano parece perderse en la inmensidad de lo eterno, donde la palabra puede no tener la capacidad de trascender las esferas celestiales.


Rilke se esfuerza por expresar lo inexpresable, utilizando la palabra poética no como una mera descripción sino como un intento de capturar la esencia de la experiencia. Su poesía se convierte en un acto de llegada y partida, tocando lo divino e inmediatamente sintiendo su ausencia. En los Sonetos a Orfeo, encontramos la palanca que mueve esta experiencia:


Se, sabiendo al mismo tiempo la condición del no ser, el fundamento infinito de tu interior vibración para que esta vez única plenamente la ejecutes

A pesar de que Wittgenstein y Rilke podrían parecer diametralmente opuestos en su aproximación al lenguaje y lo inefable, ambos muestran un profundo respeto y reconocimiento hacia lo que permanece más allá de la capacidad de la palabra para expresar.


Wittgenstein reconoce lo inefable y nos pide que respetemos su naturaleza mística y silente, dejándolo sin ser mancillado por el intento de una expresión lingüística inadecuada. La aproximación de Wittgenstein es casi de reverencia hacia lo indecible, donde el silencio se vuelve el homenaje más adecuado.


Rilke, mientras tanto, intenta tocar lo inefable a través de la poesía, buscando la eternidad en lo transitorio, intentando atrapar momentos de la inmortalidad a través de la mortalidad de la palabra. Si bien Rilke también encuentra las limitaciones del lenguaje, él se esfuerza continuamente por romper esas barreras, alcanzando hacia lo eterno con cada verso.


En este paralelo, mientras Wittgenstein nos enseña a apreciar y respetar el silencio de lo indecible, Rilke nos muestra cómo, incluso en la insuficiencia del lenguaje, la palabra poética puede ser un puente, aunque efímero, hacia lo infinito. Es en este espacio, entre el silencio de Wittgenstein y el anhelo de Rilke, donde lo indecible reside, esperando ser reconocido, sentido y, en última instancia, vivido. Esta exploración de lo indecible, a través de la lógica y la poesía, proporciona una rica tapestry desde la cual podemos contemplar las maneras en que el lenguaje y el silencio intentan, cada uno a su manera, alcanzar y honrar lo infinito y lo eterno. En la intersección de la filosofía y la poesía, nos encontramos a nosotros mismos en un espacio donde lo indecible se vuelve, por un momento, perceptible.


Rilke se acerco a Rusia, en su segundo viaje con Lou Salomé, la que rechazo a Federico Nietzsche y quien sería una de las más importantes discípulas de Sigmund Freud, para conocer a Tolstoi. Se quedo impregnado de la espiritualidad ortodoxa. Wittgenstein indagaba en el la obra de Tolstoi, la esencia del cristianismo y de la ética del ejemplo, sin palabras, ni teología.

En esos años, en Viena, Wittgenstein, Freud, Mahler, Lou Salome, Rilke, Nietzsche, y muchos más, compartieron las horas de tertulias en los cafés. En los mismos años en que nace el Circulo de Viena, ante la emergencia de los excesos de las ideologías. Son las semillas de la Inteligencia Artificial. Los nazis provocaron la diáspora hacía Estados Unidos.


Pero esto será para otro momento. Thoreau, Tolstoi, Gandhi y Luther King, el Club de los Metafísicos, vivirían con intensidad lo que ocurría en Europa. Thoreau vivió en una choza, como Wittgenstein en una cabaña al borde de un fiordo. ¿Qué buscaban con tanto ahincó o de que huían con tanto sacrificio?

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