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Cara a cara con la inmensidad

Echemos un ojo a los estantes de una biblioteca: de entre la casi infinita plétora de obras literarias, un tremebundo buffet libre, habitan tomos que destacan por un grosor intimidante. Odiseas y señores de los anillos, dunes y días del watusi.


Miguel de Unamuno leyendo en su vivienda de la calle Bordadores.


Viene este extravagante inicio de artículo a cuenta de que llego tarde a la entrega de mi artículo para Habla de Arte, debido a uno de estos libros gruesos: Los libros de Jacob, de mi adorada Olga Tokarczuk, una obra que supera las mil páginas y me viene ocupando desde hace más de un mes (y otro que calculo que le quedará).


¿Cómo es que nos enfrentamos a obras así de largas? (sin entrar en el debate sobre si hacen falta mil páginas para contar una historia, que es otro asunto)


Quien aquí escribe ha fracasado dos veces con el Ulises de Joyce, un mamotreto legendario y cabecera de cualquier cultureta que se precie. Doy buena cuenta que la causa del primer fracaso fue mi experiencia lectora (hablaré más adelante de ello). Sumo a mi cartera de fracasos Guerra y paz, cuyo primer tomo se convirtió temporalmente en alfombrilla de ratón, así como nuestra mayor bandera literaria, El Quijote, del que apenas he leído un puñado de capítulos sueltos. No escondo tampoco que trasladé el primer tomo de En busca del tiempo perdido, de Proust, a Islandia para hacerlo volver tiempo después, casi intocado.


Cuento también con victorias, como el hito de terminar La broma infinita, de Foster Wallace, otro de esos mamotretos de cabecera, si bien obvié las abundantísimas y tan excesivas notas al pie. Invertí en ello casi cinco meses. Más o menos los empleados en atravesar la brillante Solenoide, de Cartarescu. Algo menos me costaron las mil trescientas páginas de It, de Stephen King, si bien la lectura de sus obras era ostensiblemente más ágil. Devoré 2666, de Bolaño, y planeo volver a hacerlo en algún momento, muy a pesar de la árida criba de una de sus partes, La parte de los crímenes; y estoy apenas a un tomo de rematar la kilométrica saga de Mi lucha, de Knausgard.


Hacer frente (o dejarse llevar) por obras tan extensas requiere de una buena dosis de tenacidad y paciencia, lo cual resulta difícil cuando el espíritu de uno es inquieto o por causa de esa cultura de la inmediatez en la que estamos imbuidos. La entereza de afrontar durante varios meses la lectura de una misma obra puede resultar exigente y hasta agotador. En ocasiones, he afrontado el asunto abogando por la estrategia de retarme a un determinado número de páginas diarias, estableciendo previamente una deadline. Una perspectiva sin duda racionalista, y especialmente útil dado que muchas de estas obras exigen una lectura constante y no fragmentaria. Esta estrategia no es infalible: me sirvió con La broma infinita, que acabé terminando por tesón y orgullo (no debo esconder que también disfruté de largos pasajes); pero no me resultó útil con Guerra y paz, ni tampoco con En busca del tiempo perdido.


Hay, además, algo de callo lector en todo esto. A veces, nos metemos en obras para las cuales no tenemos el músculo lector entrenado. Sirve como analogía la poesía. Sin entrenamiento previo, muchos poemarios nos resultarán crípticos, no podremos acceder al sentido de su lenguaje poético y disfrutar así de todas las capas que el poeta ha dispuesto; sin entrenamiento, la lectura será automática, poco fructífera y hasta frustrante. Del mismo modo, con algunas grandes obras extensas, necesitamos algo más que la mera voluntad: contexto histórico, corrientes literarias, temáticas actuales en el momento de la confección de la obra, biografía del autor, etc. La primera vez que fracasé con el Ulises de Joyce, mi entrenamiento era escaso o casi nulo, y la obra del irlandés era demasiado para mí. No cabía otra opción que fracasar. Incluso aunque hubiera terminado la novela por puro tesón, no habría entendido nada.


El abandono nos priva de penetrar en los ritmos ocultos de las grandes obras largas.

La impaciencia será uno de los grandes obstáculos a la hora de enfrentar una obra larga. Nos hará cuestionarnos constantemente si no será mejor abandonar y tirar hacia alguna otra novela de la pila de pendientes que todo buen lector debe tener. ¿Para que seguir, si esto no me está gustando? ¿Por qué no pasarme a esa otra novelita, de apenas cien páginas? El abandono nos priva de penetrar en los ritmos ocultos de las grandes obras largas: el efecto de la cadencia poética de Solenoide; la soberana y vacua cotidianidad de la vida de Knausgard; el ritmo hipnótico de La parte de los crímenes, de 2666.


Es el deseo lo que nos mueve hacia nuevos retos literarios. No deberíamos entregarnos a algo que no nos satisfaga, pero quizá haríamos bien en dar el beneficio de la duda a todas aquellas obras que no nos seduzcan en un par de páginas (lo cual sirve tanto para obras largas como para obras cortas). Habrá que hallar el equilibrio entre lo fugaz y lo lento.


Porque este artículo, que viene siendo más un roto para un descosido que cualquier otra cosa (porque yo quería hablar de Austerlitz, Sebald y los no-lugares, pero no me daba tiempo), no sienta cátedra de nada y aporta poco más que el consejo-estrategia de tirar de paciencia. Quizá lo mejor sería atravesar las grandes obras largas sin dar importancia al tiempo que estaremos en ellas. Disfrutar el camino, ese cliché tan frecuente. Pero también, en estos tiempos fugaces y efímeros, enfrentar una lectura de meses con la certeza de que se trata de un acto contracorriente, antisistema, casi revolucionario.


La pausa, la paciencia. Y la satisfacción de atravesar mil y pico páginas y pasar la última. Os lo cuento el mes que viene, cuando termine Los libros de Jacob.

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