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Mascaradas de invierno

Entre lo folclórico, lo ritual y la performance: símbolo, música y cosmos.


El Jarramplas, fotografía de Cristina García Rodeda, Fundación La Caixa.


En la madrugada de enero, el silbido del viento gobierna la montaña. Las raíces aguardan bajo la tierra, los animales callan, el agua duele. El mundo suena frío.


En el fondo de esta sinfonía helada, como si se escondieran detrás del escenario, un coro de mujeres canta con voz de lágrima. Un tambor solitario acompaña sus voces, que entonan la elegía para el mártir que será sacrificado. Son las alborás, que al igual que el nombre al que hacen referencia (la luz que raya el día), calientan el corazón de quien las escucha. Estamos en Piornal y mañana saldrá Jarramplas de la iglesia, donde será asaetado con una lluvia de nabos mientras toca un tambor.


Resulta curioso cómo, aunque festividades como Jarramplas despiertan el interés de las personas ajenas a la comunidad por lo pintoresco del rito y raro de la fecha (19 y 20 de enero), en realidad hay celebraciones similares en lugares y en el mismo rango temporal. En la propia Península Ibérica existen varios ejemplos, pero también podemos viajar hasta Rumanía o Bulgaria. Las carantoñas de Acehúche (Cáceres), el zarramaco cántabro, los momotxorros navarros, el zanpantzar vasco o los kukeri de Bulgaria son algunos de ellos. Son lo que se conocen como “mascaradas de invierno” o “carnavales de invierno” dentro de lo que llamamos carnavales rurales.


Kzvasilski, Máscaras Kukeri, en Zidarovo, Bulgaria.


¿Qué tienen en común estas festividades? En todas ellas, la vestimenta –la imagen, el símbolo– ,muestra una similitud con lo animal mediante la apariencia antromórfica (pieles de animales, cuernos, crines, etc.). En segundo lugar, la música: tanto la que puede rodear al rito en sí –como las citadas alborás– como la que lo acompaña in situ, normalmente mediante instrumentos de percusión. Por último, todas ocurren en una sección temporal muy concreta: tras el solsticio de invierno y antes de febrero. En el folclore y sus tradiciones, el momento del año es fundamental para comprender el objeto de estudio (ya sea una canción, un espectáculo o un vestido), dado que las estaciones y sus ciclos están muy presentes en el arte popular. Estas mascaradas de invierno crean una sección propia dentro de una de las estaciones más duras, correspondiéndose con las temperaturas más frías del año: esto es lo que nos lleva al cosmos. Todos estos aspectos señalan hacia atrás en el tiempo, llevándonos a prácticas que apuntan hacia el origen chamánico que a cualquier religión formal.


Para rascar un poco más e intentar desentrañar qué se esconde detrás de estas mascaradas, analicemos un caso concreto desde la perspectiva del chamanismo para tener una base de la que partir. Ya que estamos en Extremadura, el Jarramplas de Piornal será un buen ejemplo. Paso por paso, repasemos esta figura y sus objetos:


  • La imagen – símbolo: la vestimenta de Jarramplas es representativa de lo que el chamanismo entiende como los llamados “animales – espíritu”, es decir, nuestra alma interna de animal con la que se puede conectar en estado de trance. La máscara de Jarramplas, además de tener aspecto de demonio, porta cuernos curvados (toro) y cola de crin (caballo): ambos animales tienen un fuerte peso simbólico, especialmente en las culturas prehistóricas y prerrománicas.

  • La música: para el chamán, el control del sonido equivale al control del cosmos; por ello, el dominio de un instrumento es fundamental para comprender el universo y ejercer su poder sobre él. Jarramplas toca un tambor durante todo el acto, un instrumento especialmente sagrado para las culturas primitivas dada su forma circular, que representa la totalidad del universo y el ciclo del tiempo. Su sonido profundo y rítmico es el espejo sonoro del latido vital del cosmos. Según dice el chamán Alce Negro:

Puesto que el tambor es a menudo el único instrumento utilizado en nuestros ritos sagrados, debería decirle por qué es especialmente sagrado e importante para nosotros. Es porque la forma redondeada del tambor representa la totalidad del universo, y su intenso y constante ritmo es el pulso, el corazón, el palpitante centro del universo. Es la voz de Wakan – Tan – kan [El Gran Misterioso / El Gran Espíritu / El Absoluto], y este sonido nos estimula y nos ayuda a entender el misterio y el poder de todas las cosas.

  • El ritual colectivo: la unión comunitaria y la solemnidad que envuelve a Jarramplas es un fuerte aspecto espiritual del acto. Este sentimiento común se explica mediante el concepto del “chivo expiatorio”, otro de los símbolos (aclaro que al hablar de “símbolo” lo hago desde la jerga de Jung) que se repiten en las culturas y su mitología. La idea es simple: un individuo se sacrifica por el bien del resto. El ejemplo más cercano lo tenemos en la figura de Jesucristo crucificado, que acepta su muerte humana para salvar a la humanidad. En el caso de Jarramplas, siendo atacado por el resto mediante nabos (lo que, junto a lo musical, sería una manera de buscar el estado de trance o “el vuelo chamánico”).


Si nos remontamos a las culturas prerromanas en vez de al momento actual, ¿por qué alguien asimilaría su cuerpo al del animal – espíritu, redoblando un tambor para controlar el cosmos mientras recibe golpes de dolor? ¿Por qué su familia, amigos, vecinas, participarían con gusto en este sacrificio colectivo? La clave radica en el cuándo: en el momento más frío del invierno –y añado, en el pueblo más alto de Extremadura donde en verano hay que “sacarse una rebequita”–, lo más probable es que estemos ante un ritual donde Jarramplas (porque en el momento en el que uno viste el traje, la persona queda en un segundo plano y “se convierte”) se sacrifica por la comunidad mientras ésta participa en su expiación, colaborando para que alcance el “vuelo”. El objetivo: ahuyentar las bajas temperaturas y los espíritus del invierno, llamar al calor, que la rueda gire y el ciclo continúe.


Carteles para el festival de El Jarramplas, 2008 y 1994


En el título que da nombre a este artículo se plantea la performance (disciplina artística que responde al arte de acción, interdisciplinar la mayoría de las veces) como elemento comparativo de las mascaradas. Visto todo lo anterior, nadie podrá negar que este rito responde a una performance original y primigenia que plasma lo que busca el performer actual: una acción artística que tiene lugar en un tiempo y espacio determinado, en la que el público es un componente más de la obra y el artista, al mismo tiempo, crea y es creación. Jarramplas es esto mismo: una performance auténtica donde una persona, en el papel de mártir que desafía a los dioses robando sus poderes, es capaz de controlar el cosmos con el sonido de un tambor2. Arte vivo donde toda una sociedad participa de la acción. Un escenario visual y sonoro donde no solo hay aplausos, sino también sentimiento.


2; Aviso: esto es una teoría propia basada en la aplicación del simbolismo chamánico de las religiones primitivas a la festividad de Jarramplas. Actualmente, no hay una respuesta concreta sobre la intencionalidad de las ceremonias y los aspectos técnicos de Jarramplas y, de hecho, existen otras leyendas sobre el origen de la fiesta (ladrón de ganado, reo de la Inquisición, etc.) que yo, personalmente, descarto.







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