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El huerto como manifiesto

El huerto deviene manifiesto contra las maneras de hacer y crecer contemporáneas, como estructura viva y abierta a la convivencia, a lo nuevo, a aquello que viene de otro lugar.


Inula. El huerto como manifiesto. Huerto de Luís, Ara (Huesca), 2020


Un manifiesto, según la RAE, entre otras acepciones es:

1. adj. Descubierto, patente, claro.

2. m. Escrito en que se hace pública declaración de doctrinas, propósitos o programas.


Estas declaraciones de intenciones e ideas son, a menudo, de naturaleza política o artística. Generalmente, los manifiestos artísticos representaban la voluntad de estilo y principios de un grupo de artistas o de un nuevo movimiento. Entre los más conocidos podríamos citar el manifiesto futurista de Marinetti (1909) o el dadaísta, publicado en 1918 por Tristán Tzara. Desde las vanguardias hasta la actualidad, los manifiestos nos han acompañado, y lo han hecho, no sólo desde lo colectivo, sino también desde obras singulares que han sido estimadas como manifiesto. Es el caso de Las señoritas de Avignon, de Picasso (1907) o el Manifiesto de una vida de Marina Abramović (2011).

Sea cual sea su naturaleza, en ellos hablamos de actos de rebeldía, de crítica ante procesos y sistemas culturales, entendiendo que la cultura engloba lo político, lo social y lo económico. Todo manifiesto comprende una declaración de aquello contra lo que se rebela, mirándolo como pasado, y la afirmación de un futuro.

La experiencia del paisaje ibicenco, que describí en el artículo anterior Vicisitudes del paisaje, miradas a través de un árbol, explicaba el sentimiento de desolación ante un campo altamente abandonado. Una vez más, el paisaje vegetal definía la historia pasada y futura de una tierra. Aquella vivencia me llevó a conectar con el acto de cultivar, con su significado en la sociedad capitalista en que vivimos, sistema que contiene, define e impone las formas de hacer y de crecer generando paisajes frágiles con identidades que, poco a poco, se alejan de lo singular del territorio.

Inula. El huerto como manifiesto. Huerto de Aurelio, Ibort (Huesca), 2020


Cultivar, según la RAE, entre otras acepciones es, 1. tr. Dar a la tierra y a las plantas las labores necesarias para que fructifiquen.

2. tr. Poner los medios necesarios para mantener y estrechar el conocimiento, el trato o la amistad.

Si ponemos en valor el enriquecimiento del desarrollo biológico y cultural en oposición al crecimiento y desarrollo económico cultivar, entendido en la segunda de sus acepciones, se convierte en un acto de rebeldía.

Hablamos de una reivindicación de aspectos tan diversos como necesarios, porque no podemos olvidar que las hierbas son casi tanto como nuestra memoria (Margarida Rivière). Lo que cultivamos en huertos, tierras y jardines es un elemento más de identidad de los lugares. Las plantas se han utilizado en las conquistas y nacionalismos como instrumento para construir identidades. Pensemos que, en la Alemania de la segunda guerra mundial, los jardines estaban destinados a fortalecer la cultura nacional, hasta el punto de naturalizar las tierras polacas adquiridas con especies autóctonas del territorio de origen gemano.

Ante el incesante proceso de mercantilización de todas nuestras actividades y el desvarío de una sociedad volcada en el consumo desmedido, a cualquier coste, descubrimos el huerto como agente indispensable de cambio, a nivel biótico y cultural. Y aún podemos ir más allá ¿qué pasa si el huerto rompe con la comercialización de semillas y apuesta por la recuperación de especies propias? Nos encontramos con un verdadero manifiesto. No podemos dejar de lado que las semillas son transmisoras de historias y riqueza natural, que en sistemas no mercantilizados viajan de mano en mano, de pueblo en pueblo y de valle en valle. Según me explicaba un campesino de la comarca aragonesa de la Jacetania:

Las semillas no entienden de fronteras políticas, pueden venir de cualquier otro lugar, simplemente necesitan adaptarse para ser adoptadas y sentirlas propias.

Cambiar la forma de mirar y trabajar, está en la base de cualquier transformación dado que el objeto de “estudio” pasa a ocupar el puesto de sujeto con el que se “estudia”.

Inula. El huerto como manifiesto. Solanilla (Huesca), 2020


Una trasmisión de mano en mano, como lo son las tradiciones orales, supone una implicación de relaciones directas. En este punto se construyen espacios de enriquecimiento biótico y cultural. El nombre científico queda relegado a un segundo plano, quién o de dónde procede la planta adquiere la categoría de referencia.


El sistema de plantación del capitalismo no hace más que separarnos de los territorios. Cultivar desde la recuperación y conservación de semillas posibilita habitar de otras maneras y construir narrativas de continuidad. Narrativas que miran atrás para valorar qué necesitamos y proponer estructuras de cambio. Narrativas que miran atrás para valorar qué necesitamos cambiar. Al igual que los pueblos indígenas, el campesino vive mucho más arraigado a la tierra de lo que lo hacen los "vigilantes” que modelan y alimenta el sistema de espíritu mercantil en que vivimos.


El huerto deviene manifiesto contra las maneras de hacer y crecer contemporáneas, como estructura viva y abierta a la convivencia, a lo nuevo, a aquello que viene de otro lugar. Una tierra donde el control no lo es todo y la construcción se basa en el intercambio y adopción como enriquecimiento colectivo.


Estas reflexiones y las fotografías que las ilustran surgen de un acompañamiento que realicé en los primeros pasos del proyecto Pueblos con semilla. Un proyecto por la recuperación, el intercambio y el cultivo de semillas de las comarcas del Viello Aragón (Huesca, Aragón), en colaboración con la Red de Semillas de Aragón y el CITA.


Inula. El huerto como manifiesto, 2020




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