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No llegaré a tiempo para recordarte

Actualizado: 11 dic 2023

No llegaré a tiempo para recordarte por qué tu vida ha sido algo más que el resultado lógico de una suma, pero algo me dice que después de todo hay verdades que intuimos ovilladas en nuestra memoria, a la espera del momento certero para desenvolverse.


Fotografía de Carolina Bueno Gamero


No habrá más hojas amontonadas sobre el parabrisas, ni olor a salitre, ni perros ladrando en el remanso de la noche. No habrá una canción de fondo sobre la que amortiguar los golpes, tampoco un beso en la frente de un amor que se extingue; ni siquiera un improvisado marcapáginas que señale el camino de vuelta. No habrá una tarde anónima que dejar pasar sin grandes aspavientos, ni anécdotas divertidas sobre Dios y la muerte. No habrá nada de lo que arrepentirse, nada que lamentar no haber incluido en el equipaje.


Las lenguas de los amantes no volverán a dejar rozadura, tampoco las ofensas volverán a reproducirse en bucle. No habrá más que una eterna espera. Una distancia abismal entre un evento y el siguiente. El divino aburrimiento del cosmos formará un socavón en tu pecho. Ese pecho que aun postrado se resiste a entregarse, a abandonar un cuerpo que respira, un cuerpo que tensa y afloja, que asciende y se hunde; que se hincha, que se abre, que recuerda y estalla y nos rompe y arrastra, como si quisiera acabar con todo en el mismo acto de acabar consigo. Una cosa que respira, una cosa que se olvida.


Los celadores no entenderán por qué sonrío y estoy triste con violencia, con la rabia contenida entre los estratos de un árbol que se rinde; por qué la noticia caerá en mí con el aplomo de una primera gota de lluvia, por qué sólo la levedad de lo incorpóreo consigue atravesarnos la carne. Nadie entenderá nada pero sabrán, pues la belleza de un final no se contrae ni se transmite, ni siquiera cabe bajo tierra. Los finales nos engullen y transforman. No llegan a tiempo para cerrar el abrazo abierto de toda una vida. Los finales, en realidad, no llegan nunca. Viajan incrustados a nuestra carne; decaen con ella, se arrugan y descomponen.


Me queda la punzante alegría de que también tu final se irá contigo. Como si jamás hubiera tenido lugar, como si su cometido pudiera revertirse.

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