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Malik Bendjelloul: algo más que un sueño cumplido

No es de Rodríguez ni tampoco de mi frutero de quien quiero hablarte, sino del director sueco que hizo posible esta masterpiece del género documental, Searching for Sugar Man: Malik Bendjelloul.


El cineasta, Malik Bendjelloul.


Me acabo de dar cuenta de que no sé cómo se llama el frutero. No tengo excusa, vale que soy tímida y huidiza como gata callejera pero llevo asentada en este barrio tiempo suficiente como para haberme atrevido a preguntárselo. Sobre todo porque es un tipo que me cae francamente bien. Aparte de ser extremadamente amable y educado, tiene una paciencia de santo, incluso cuando se le amontonan las caras largas y apuradas en cola. En mi defensa diré que llevó tiempo llamándolo en secreto Rodríguez. No es un nombre elegido al tuntún. Realmente el parecido es asombroso. Me refiero al músico y compositor Sixto Rodríguez, el protagonista de una de las historias más asombrosas que ha cosechado el género documental. En febrero de este año hará una década que se estrenó Searching for Sugar Man, que si aún no la has visto, deja de leerme ahora mismo y vete a por la manta, las palomitas y el paquete de clínex. Créeme que no te va a dejar indiferente. Y si por casualidad eres de los que todavía asocia documental con la clásica imagen del guepardo tras el antílope, mejor aún. Esta recomendación cinematográfica te viene como anillo al dedo. Te aviso de que es probable que rompa unos cuantos de tus esquemitas mentales, pero eso es salud. Hay que romper cosas de dentro de vez en cuando para construir otras mejores.


Tráiler del documental Searching for Sugar Man, de Malik Bendjelloul, 2012



Si necesitas un poco más de contexto para decidirte, aquí va un esbozo a groso modo de la que probablemente se convierta en una de tus películas favoritas. Searching for Sugar Man cuenta la historia de dos amantes de la música que lograron dar con el paradero y reavivar la carrera de uno de sus artistas favoritas, Sixto Rodríguez, músico de culto en Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda, pero completamente desconocido en su país natal: Estados Unidos, donde vivió durante décadas dedicado a la construcción y remodelación de viviendas, completamente ajeno a su éxito en el extranjero. De esas historias que parecen sacadas de un cuento de hadas, tan increíbles que no sabes si llorar de emoción o reírte de la ocurrencia. Sin embargo, y por mucho que me fascine su historia, no es de Rodríguez ni tampoco de mi frutero de quien quiero hablarte, sino del director sueco que hizo posible esta masterpiece del género documental: Malik Bendjelloul.


Hace más de un lustro que vi por primera vez Searching for Sugar Man y hay una pregunta que he mantenido abierta durante todo este tiempo: ¿por qué lo hiciste, Malik? Te pongo en situación. Antes de llegar a la cima del éxito como cineasta, Malik estuvo años viajando por más de una decena de países diferentes en busca de historias para un largometraje documental. En la Ciudad del Cabo conoció por casualidad a Stephen Segerman, propietario de una tienda de discos y erudito del rock, quien le relató la misteriosa historia de Rodríguez y su regreso a los escenarios tras darlo por muerto durante décadas. Se especulaba con todo tipo de finales tremebundos para quien había sido una figura clave en el movimiento contracultural de la Sudáfrica de los 70. Desde que había sido encarcelado por asesinar a su amante hasta que se había prendido fuego a lo bonzo en su último concierto. Nada más lejos de la realidad. Rodríguez había permanecido en Detroit, criando a sus hijas y llevando una vida sencilla, completamente ajeno a su éxito de masas en un lugar tan apartado para él como Sudáfrica. Cuando Bendjelloul conoció la historia se enamoró de inmediato. Tras meterse de lleno en el proyecto y emplear todos los recursos a su alcance para sacar adelante la película, se vio en la cuerda floja al perder el apoyo económico de su principal inversor. A punto estuvo de rendirse y echar a perder todo el tiempo y el esfuerzo empleado hasta entonces. Sin un duro y viéndose en lo que parecía un callejón sin salida, decidió aprender a hacer él mismo lo que no podía pagar para que otros hiciesen (animación y edición principalmente). Se puso en contacto con Simon Chinn, productor de uno de sus documentales referentes, Man on Wire. «Si me concedes cinco minutos te contaré una historia mejor que Man on Wire». Chinn no le tomó muy en serio al principio pero cuando conoció en persona a Malik, tremendamente persuasivo y carismático, pensó que no quería perder la oportunidad de trabajar con alguien así. Con la ayuda de Chinn logró sacar adelante el proyecto y dar a conocer mundialmente la increíble historia del artista. La película tuvo un éxito rotundo y fue premiada con el Óscar y el BAFTA a mejor largo documental, entre otros galardones.


Entrevista al cineasta Malik Bendjelloul.


Un final redondo, ¿verdad? Recuerdo que tras ver Searching for Sugar Man por primera vez me metí de cabeza a buscar en internet todos los detalles de su producción. Por supuesto, Cold Fact, el álbum debut de Rodríguez se convirtió en favorito. De Malik me fascinaba el brillo en sus ojos cuando hablaba de su trabajo en las entrevistas, realmente es contagiosa su pasión por el cine. Pero había algo de él que me sorprendía especialmente: su poder de persuasión no procedía de un lugar artificioso en modo alguno, sino de la humildad y la ternura. Y no soy la única que lo piensa, su última novia decía de él que cuando lo conoció se enamoró enseguida porque le recordaba a Bambi. Esto que, así a primera vista, puede resultar cursi en exceso, creo que merece un momento de atención. La mayoría coincidiremos en que la manera de alcanzar nuestros objetivos es por medio del sacrificio, el esfuerzo y el trabajo duro. Malik nos recuerda, no obstante, que el material de nuestra fortaleza y determinación para lograrlo puede provenir de la pasión, la ilusión y la ternura. ¿Habéis escuchado alguna vez a los niños relatar sus aventuras? Pues cuando una escucha hablar a Malik, le parece estar viendo lo mismo. A un niño feliz.


«Siempre habrá gente que te diga yo sé hacerlo mejor que tú y puede que tengan razón. Pero entonces no es tu película, no tiene gracia. Tienes que intentar hacerlo a tu manera. Puede que tardes más tiempo, que tengas que hacer más sacrificios y que no tengas ingresos en mucho tiempo pero finalmente habrá merecido la pena, porque es tu sueño. Y al fin y al cabo tus sueños son lo único que tienes».

Malik hablaba a menudo de la importancia de mantenerse fiel a uno mismo y perseguir nuestros sueños. Y una podría tacharlo fácilmente de idealista o romántico empedernido. Sobre todo teniendo en cuenta que, en un mundo de grandes desigualdades sociales, el lugar desde el que partimos cada uno para alcanzar nuestras metas depende en gran medida de nuestro origen socioeconómico. Malik procedía de una familia acomodada del norte de Europa. Su padre era médico, su madre pintora y su tío director de cine. Evidentemente estos detalles biográficos son tenidos en cuenta pero hay algo en el mensaje del cineasta que me parece muy valioso. La mayoría de nosotros morirá sin haber hecho realidad sus sueños pero, ¿cuántos de nosotros lo habremos intentado siquiera? No siempre la imposibilidad de alcanzar nuestras metas se debe a una falta de medios materiales, sino al miedo. Miedo paralizante al fracaso, a que aquellos que nos advertían casi con lástima que lo único que teníamos era una cabeza llena de pájaros, finalmente tuvieran razón. Y probablemente la tengan.


«Si persigues tus sueños puede que no consigas lo que quieres inmediatamente, puede que tardes mucho tiempo o que no llegues a conseguirlo nunca. Pero te habrás mantenido fiel a ti mismo. La única obra de arte que es interesante de verdad es la que sale del corazón».

La cuestión para Malik no es llegar a un determinado lugar, sino ponerse en camino al menos una vez en la vida. El mismo Rodríguez que procedía de una familia humilde y del que se decía que era un hombre muy con los pies en la tierra, dedicó un breve periodo de su vida a componer canciones, su mayor pasión. «Que alguien sea pobre no significa que sus sueños no sean grandes» nos recuerda Eva Rodríguez, su hija mayor. «Detroit es una ciudad que te dice que no deberías soñar a lo grande, que más te vale conformarte con lo que tienes. Pero nuestro padre nos solía llevar a los lugares que se suponían reservados para la élite. Nos decía que nosotras podíamos ir a donde quisiéramos, independiente del estado de nuestra cuenta bancaria». Aunque hay mucho de sueño americano en todo esto, no puedo evitar pensar en la cantidad de historias similares que habrá esparcidas por el mundo. Historias increíbles de gente corriente que al menos una vez en la vida intentaron alcanzar sus mayores aspiraciones. Si lo consiguieron o no, si fueron más o menos ambiciosos en su propósito, no es la cuestión. Lo que ocurrió por el camino es lo verdaderamente interesante.


En todas estas cosas pensaba yo cuando llegué a la noticia de que Malik Bendjelloul, dos años después de su rotundo éxito en su debut como cineasta, se había quitado la vida. No podía dar crédito. Se especula que sufría depresión e insomnio pero son meras suposiciones. Ni siquiera sus familiares y amigos más cercanos parecen tener claro cuál pudo ser el verdadero motivo. «Era cualquier cosa menos un artista atormentado. Su creatividad procedía de un lugar luminoso, no de la oscuridad; lo que buscaba era inspirar al mundo con su trabajo». ¿Por qué entonces lo hiciste, Malik?, ¿cómo es posible que una persona tan llena de energía y vitalidad, en el mejor momento de su carrera decida poner fin a su vida tirándose a las vías del tren? Este tipo de preguntas me hacía una y otra vez al enterarme del trágico suceso. Han pasado algunos años y he vuelto a ver la película. Me han vuelto de golpe todas las emociones que me produjo entonces no solo la historia de Rodríguez, sino especialmente la de Malik. Sin embargo, algo ha cambiado en este tiempo. Tras algunas lecturas interesantes sobre el tema he comprendido que la expresión artística es simplemente una forma más de representar las emociones, pero no es por sí misma una manera de trabajarlas. No porque una escriba, pinte o componga una partitura significa que haya sido capaz de desatar un nudo emocional. En todo caso ha logrado exponerlo ante los demás, materializarlo, que no resolverlo. La herida sigue ahí, a la espera de ser sanada. Sin duda la expresión artística puede ayudar en ese proceso pero no es esa su función principal.


Algo que se repite una y otra vez sobre Malik es que era una persona risueña y optimista. Su presencia era bienvenida en cualquier sitio porque realmente lograba transmitir una energía radiante allá a donde iba. A bote pronto nos extrañamos de que alguien así pueda llegar a esbozar siquiera pensamientos suicidas. Sin embargo, nuestras emociones no son planas. La complejidad de nuestra psique es tal que a menudo la alegría y la tristeza conviven en formas extremas dentro de nosotros. No son incompatibles. Una cara sonriente es solo eso, un instante en la vida de alguien, lo mismo que una seria. ¿Verdad de perogrullo? Puede ser, pero es sorprendente la cantidad de veces que no lo tenemos en cuenta. El Malik de las entrevistas es un hombre feliz hablando de su obra. Nada más que eso. “Nada más” que la ilusión de alguien que logró alcanzar un sueño. Y aunque eso sea algo que a muchos nos gustaría experimentar al menos una vez en la vida, no estamos hechos solo de sueños. Somos algo más que nuestras metas por alcanzar, nuestros éxitos o fracasos por el camino. Integrar el todo es probablemente la obra suprema de nuestras vidas.



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