top of page

Fermín y Buñuel: Historia de un antiviaje

Actualizado: 22 nov 2021

“La única limitación la pone tu mente”, nos confesaba alegremente Fermín Solís: ilustrador, creador y amigo, por qué no, del Luis Buñuel hurdano, aquel Luis que supo, no sólo recorrer, sino guiarnos, a través del laberinto de las tortugas.



Así lo presentó en su novela grafica más reconocida, publicada en 2008 por primera vez y que sería llevada a la gran pantalla diez años después. Producto 100% extremeño, y que logró, premiado con un Goya en el pasado 2019, sino situar a la región dentro del panorama cinematográfico de la animación, sí visibilizar, entre los menos informados, que Extremadura siempre tuvo


talentos y, que, al contrario de los prejuicios que se encargó de difundir el primitivo Buñuel, el de carne y hueso, somos una tierra de riquezas, culturales, entre otras, y de patrimonio y herencia sobresalientes. Una tierra con pan.


No obstante, y, pese a que estaría más que justificado, hoy no nos dejemos guiar por el daño infligido en el pasado, hablemos de la reconciliación, posible gracias a la obra del cacereño Fermín Solís.


Para aquellos más despistados, “Buñuel en el laberinto de las tortugas” nos comparte la intrahistoria de un viaje, con ánimo de lucro, a tierras “Jurdanas”, del que se sirvió allá por 1933 el cineasta, protagonista de esta historia, para crear un falso documental donde denunciaba ciertas, ficticias, exageradas, situaciones que acontecían en el norte de la región extremeña y que contribuyeron al desarrollo de la leyenda negra. Nunca supimos cuáles fueron sus verdaderas intenciones, y hasta hoy, sólo podemos suponerlas, imaginando, así tal y como lo hizo Fermín por medio del papel y el lápiz, cómo pudo ser esa producción y el encuentro entre Buñuel y las Hurdes.


El ilustrador que “ni por asomo podría haberlo imaginado”, refiriéndose al éxito de la película, se encargó en todo momento de justificar cada una de las acciones del director turolense a su paso por las diferentes alquerías, defendiendo y dando visibilidad a una personalidad atormentada y un tanto frustrada, fruto de una mente en constante desarrollo y acción, propia, como mínimo, de un artista surrealista, como lo fue él. Una historia que necesitaba ser contada, o al menos inventada en pos de contarse, con la intención de suavizar y limar esas asperezas, que, seguramente le habrían pesado con el tiempo, y mucho, al propio Luis Buñuel. El producto de ello fue una obra de importante calidad tanto gráfica como literaria, con textos y dibujos del mismo autor, siendo capaz de desarrollar conversaciones idílicas que bien podrían haber sido recitadas en vida por el propio Buñuel dada la naturaleza surrealista, e incluso onírica con la que Fermín desarrolla ambas facetas, ilustrativa y literaria, uniendo su propia personalidad a la del cineasta, pese a ser, me aventuro a suponer, notoriamente distintas.


La producción de la novela gráfica de la mano de nuestro ilustrador fue una auténtica novedad, si bien no adquirió el reconocimiento merecido tras su primera publicación, sí lo hizo como es menester gracias a la adaptación al cine que se estrenó en el año 2018, con un presupuesto de casi dos millones. Aquella historia que empezaba con la fantasía de un boleto de lotería premiado se convertía en el auténtico premio gordo.


Fermín Solís, que, de sus palabras “quería ser gasolinero” de muy, muy, joven, frustrado en sus esperanzas de entrar en la academia de Bellas Artes, es y será, en mi humilde opinión, un ejemplo perfecto de artista de nuestra, muy bien querida, tierra extremeña. Conservador siempre de ese cariño por su herencia, quizás no conscientemente, ha sido incapaz de abandonar su ciudad, no por falta de oportunidades. Un joven de aspecto casi sacado de uno de sus personajes de cómic, entrañable, y tremendamente natural, que nos ofrecía, hace casi un par de meses, una clase magistral sobre el proceso de la pantalla al papel en su “Buñuel en el laberinto de las tortugas”, a la que tuve el gran placer de asistir y de donde surge este breve artículo.

Hoy se convierte en un habitual, fíjate bien la próxima vez que recorras las calles de Cáceres, ¿Seguro que no lo has visto ya antes?, le gusta la cerveza, suele ir con unas gafas negras de sol y un indomable pelo rizado en tupé.

bottom of page