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Era tarde de abril cuando ardió la dama

Nuestra señora de París ya no tiene espada, valiente y tozuda, nunca indefensa. Sin aguja y sin dedal, sigue hilando su tapiz .


Notre Dame, ilustraciones de Paula Noriega Gómez



Era tarde de abril cuando ardió la dama.


Día quince del mes, los médicos intentaban reparar sus partes más quebradizas, cirugía delicada de astilla y astilla, sillar en sillar.


Llantos de piedra y suspiros entre el incienso, la dama se preparaba para una de sus muchas operaciones. Milenaria, entrada en años, eterna en su fortaleza y cuidado.


Nuestra señora de París mima a sus fieles en sus brazos, baquetones y fajones, cúpulas de crucería para mecer como una cuna. Ábside y absidiolos, girola para que entre luz en el alma de sus hijos.


Vidrieras, tribuna, altar. Aguja, techumbre, hogar.


Madre de bautizos, testigo de bodas, plañidera en funerales. Quién te ha visto y quién te ve, gótica y contemporánea, principio sin fin.


Nueve horas de muerte lenta y cálida, lluvia de cenizas en un suelo que ha visto guerras. Casi doscientos años tardó en nacer la dama, no pretendía morir en menos de un día. En pie, cimientos y cimbra, torres y rosas siempre en flor.


Retratada, envidiada, imitada. Nuestra señora de París se arregla con el alba, se viste de nubes y amanecer; brillan sus ojos al mundo, se despierta una vez más.


Día número 312670: la vida continúa. Ha visto árboles genealógicos enteros, principios y finales, teatro, romance, muerte, risas y lágrimas.


Desearía abrir sus muros y soltar palabras calladas por siglos, pero el peso de los años la ha enmudecido. Adornada de estrellas y cielo, sonríe a su ciudad. Era tarde de abril cuando ardió la dama, pero no era su primer encontronazo con el fuego; viejos amigos, le abrió la puerta a sabiendas de que saldría perdiendo.


Nuestra señora de París ya no tiene espada, valiente y tozuda, nunca indefensa. Sin aguja y sin dedal, sigue hilando su tapiz .

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