El cinéfilo insomne recomienda: «Luz que agoniza» de George Cukor
- Miguel Bravo Vadillo

- 2 jul
- 2 min de lectura
Después de una larga siesta, nuestro cinéfilo insomne ha retomado sus pesquisas fílmicas en la noche y nos regala una nueva recomendación con un icónico director y una protagonista que lo es aún más. Hoy: Luz que agoniza (1944)

Luz que agoniza (Gaslight, George Cukor 1944). Luz de gas (Gaslight), la obra teatral de Patrick Hamilton, fue estrenada con notable éxito en el Richmond Theatre de Londres en 1938. Más tarde conocería dos versiones cinematográficas: la británica Luz de gas, dirigida por Thorold Dickinson en 1940; y la norteamericana Luz que agoniza, dirigida por un impagable George Cukor en 1944. Esta última está interpretada por Charles Boyer (un actor capaz de conferir a sus personajes un carácter tan ambiguo como inquietante) y la sublime Ingrid Bergman (responsable de algunos de mis mayores placeres cinéfilos). La actriz sueca conseguiría con su conmovedora interpretación el primero de sus tres premios Óscar (sin duda, mereció alguno más). También la magistral dirección artística —que, enriquecida con una elegante fotografía en blanco y negro, nos sumerge de lleno en el Londres victoriano— se alzaría con el prestigioso galardón.
Ingrid Bergman interpreta a Paula Alquist, una joven que, tras su fracaso como estudiante de canto, contrae matrimonio con el pianista Gregory Anton (Charles Boyer). Pero el flamante marido no tiene otro interés en dicha unión que el de poder vivir en la casa que Paula heredó de su tía Alice Alquist, una famosa cantante de ópera a quien él mismo asesinó una década antes en un intento fallido de robarle unas joyas que nunca logró hallar; razón por la que sugiere a Paula adquirir muebles nuevos y llevar los viejos al ático, donde cada noche él mismo se las ingenia para subir sin el conocimiento de su esposa y buscar su codiciado tesoro. Allí enciende luces de gas que provocan el efecto de disminuir la intensidad de las lámparas que están encendidas en la parte baja de la casa, hecho para el que Paula no encuentra una explicación lógica. No en vano, su marido —entre otros muchos ardides que emplea contra ella— intenta convencerla de que tanto la pérdida de intensidad de las luces como los ruidos que provoca durante su búsqueda son producto de su imaginación trastornada. Es digno de resaltar a este respecto que la luz de gas actúa como una metáfora de la propia condición psíquica de Paula, cuyo estado de ánimo se ilumina o se apaga por influjo de la manipulación emocional que sufre a cargo del hombre a quien ama y cuyo amor cree recíproco; de ahí la conocida expresión «hacer luz de gas» para designar este tipo de maltrato psicológico. Es evidente que Gregory Anton no ama a su esposa —si la amase, comprendería que las joyas ya son suyas por el simple hecho de haberse casado con la heredera de las mismas—, y cabe suponer que alberga la idea de internarla en un sanatorio mental una vez que consiga lo que busca.

Luz que agoniza mezcla intriga y melodrama, al tiempo que se vale de una atmósfera opresiva para crear la debida tensión psíquica en un espectador que se espanta de que pueda existir un hombre capaz de proferir tamañas maldades hacia su vulnerable y enamorada esposa.
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